Alfabetismos expandidos: aprender a pensar en la era tecnológica

No basta con saber leer y escribir: también es necesario comprender los lenguajes, códigos, riesgos y posibilidades que emergen en una sociedad cada vez más atravesada por la tecnología.

Alfabetismos expandidos: aprender a pensar en la era tecnológica
Ilustración hecha con herramientas de IA.

Hace poco, entre los tantos vaivenes que suelen tomar mis pensamientos, surgió en mí una inquietud que considero profundamente necesaria: ¿estamos realmente preparados para enfrentar la subordinación a la que podrían conducirnos muchos de los avances tecnológicos? O, más aún, ¿estamos siendo capaces de decidir mejor que las propias herramientas que hemos creado? Cuando usamos herramientas sin comprender sus límites, cuando dejamos que ellas organicen nuestra atención, nuestras decisiones o nuestra manera de aprender.

Algo que he aprendido con el paso de los años es que resulta interesante observar cómo la sociedad, junto con todo lo que habita en ella, cambia constantemente. A este proceso podríamos llamarlo transformación social: una dinámica en la que las costumbres, las formas de comunicación, los conocimientos y las maneras de relacionarnos con el mundo se modifican conforme avanza el tiempo, la cultura y la tecnología.

Regularmente escuchamos los términos “alfabetización” y “alfabetismo”. Alejandro Piscitelli y Mariana Ferrarelli, investigadores de la Universidad de San Andrés de Buenos Aires, advierten que es importante distinguir sus precisiones y matices conceptuales. Tradicionalmente, la alfabetización se ha entendido como el proceso mediante el cual una persona adquiere habilidades básicas de lectura, escritura y cálculo. Es decir, se asocia con procesos formales de enseñanza y aprendizaje, en los que el individuo desarrolla herramientas para decodificar, comprender e interpretar información.

Sin embargo, los alfabetismos van más allá de la simple decodificación. Abarcan un conjunto más amplio de competencias, saberes y prácticas necesarias para producir conocimiento, comunicarse, participar críticamente y expresarse en distintos contextos, especialmente, en el marco de la cultura digital. En ese sentido, ya no basta con saber leer y escribir: también es necesario comprender los lenguajes, códigos, riesgos y posibilidades que emergen en una sociedad cada vez más atravesada por la tecnología.

Y es así cómo también me sorprende el hecho de que nuestro aprendizaje, aunque muchas veces ocurra dentro de las propias escuelas, nunca es igual para todos. No me refiero en esta ocasión únicamente a la estructura del sistema educativo ni a las oportunidades materiales que lo rodean, aunque estas también son determinantes: contar con aulas en buen estado, computadoras, libros, acceso a internet o buenos profesores, puede marcar una diferencia profunda. Me refiero, más bien, a la dimensión interior de cada persona: a su curiosidad, disciplina, sensibilidad, constancia y manera particular de interpretar el mundo.

Me impresiona profundamente observar a quienes logran convertirse en expertos en un área disciplinar, personas que desarrollan un dominio tan preciso de un tema, un arte, una técnica o una forma de pensamiento, que parecen moverse en ella con una naturalidad casi admirable.

Sin embargo, en el contexto actual, esa capacidad de aprender y especializarse ya no puede entenderse solo como la acumulación de conocimientos. No se trata únicamente de consumir información de manera crítica, sino de aprender a gestionar nuestra identidad en múltiples plataformas, comprender las lógicas de los medios interactivos, interpretar los contenidos sintéticos y participar activamente en entornos cada vez más complejos. Estos nuevos alfabetismos no se desarrollan únicamente en la escuela o en la universidad. También surgen en espacios informales, en la interacción social, en la experiencia directa con la tecnología y en la forma en que cada persona se enfrenta a los cambios de su tiempo.

De allí que podamos hablar de alfabetismos expandidos: capacidades que van más allá de actuar con criterio en una realidad influida por la tecnología.

Quizás el mayor reto de nuestra década y las que están por venir no sea demostrar que somos mejores que la tecnología, sino recordar que ninguna herramienta debería reemplazar aquello que nos hace profundamente humanos: la curiosidad, el juicio, la creatividad, la sensibilidad y la capacidad de decidir con conciencia. Frente a un mundo que cambia con rapidez, aprender ya no significa solo adquirir conocimientos, sino desarrollar la lucidez necesaria para no quedar subordinados a aquello que nosotros mismos hemos creado.

El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación


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