EDUCACIóN AMBIENTAL

Más allá del reciclaje

Desde 1997 conmemoramos en Panamá el mes de los recursos naturales. Esto, junto a la convergencia de múltiples fechas internacionales en el calendario de la ONU dedicadas a distintas aristas ambientales, trae a nuestras escuelas una avalancha de murales, charlas, expresiones artísticas de distintos tipos e incluso reinados “ecológicos”, porque bueno… como panameños nos gustan nuestros reinados.

No importa si hablamos de colegios privados en la capital o de la escuelita rural olvidada, la dialéctica de estas actividades es bastante similar: reciclar es lo mejor y un mundo “más verde”, a falta de un mejor adjetivo, es el objetivo.

La exposición a contenido ambiental, en cualquiera de sus formas, siempre es positivo. Sin embargo, el discurso utilizado, que no es muy distinto a aquel de cuando yo era estudiante, se ha estancado en conceptos ya desfasados sobre el rol individual en la preservación de nuestro entorno y manejo de desechos.

Luego de que los chicos se ganaron su nota y toca retirar sus murales, el entusiasmo por el nuevo conocimiento adquirido se disipa en el momento en que intentan llevarlo a la práctica, y encuentran obstáculos sistémicos, como la ausencia de receptáculos para segregar desechos por tipo, así como la distancia y horarios de atención poco convenientes en centros de reciclaje en sus comunidades, si es que los hay. Y aquí es donde aprenden que las buenas intenciones no son suficientes.

Un concepto que puede hacer una diferencia en el éxito de una cultura ambiental enfocada al desarrollo sostenible, como esbozado en la definición pionera del Informe Brundtland, es el entendimiento de que los recursos naturales tienen un valor económico que hace de su preservación y sostenibilidad un imperativo social, más allá de su valor intrínseco.

En este sentido, el sistema educativo puede transmitir estos conceptos de forma efectiva desde materias como ciencias naturales, tecnología, ciencias sociales o emprendimiento, atendiendo así la transversalidad y universalidad de los servicios que nos brindan los recursos naturales como alimentación, vivienda, salud, energía y recreación, entre otros, y viéndolos en función de cómo estos servicios procuran sostener la vida como la conocemos y garantizando lo mismo para las futuras generaciones.

Tenemos por delante el reto de lograr una cultura genuina de sostenibilidad, centrada en el empoderamiento tanto de los individuos como de las comunidades de gestionar sus realidades ambientales, generando soluciones desde sus propias experiencias y perspectivas.

En general, la gente está dispuesta a hacer cambios en sus estilos de vida y hábitos de consumo con tal de asegurar un presente y un futuro mejor para sí mismos y para sus hijos. Sin embargo, como país requerimos de incentivos y políticas públicas más robustas y de sistemas adecuados que faciliten tanto a las industrias como a los consumidores los procesos y tecnologías que nos permitan migrar a materias primas renovables baratas y la integración de economía circular en los procesos de producción.

Para una educación ambiental coherente con las distintas realidades de nuestras comunidades, en especial las menos privilegiadas, el concepto de sostenibilidad y eficiencia en el uso de recursos debe primar, desde un enfoque pragmático que busque el progreso económico y el bienestar social, liberando su enseñanza del contexto de un mes al año para llevarlo a ser una parte integral de la vida diaria de todos los panameños.

La autora es amiga de la Fundación Libertad

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