El espíritu del Canal, o el ethos, tiene tres mil nombres. Todos tienen nombre, apellido y pagan impuestos. Tienen una vida y caminan con sueños y pesadillas en sus mochilas. El canalero es panameño; no es un extraterrestre, ni “gringuero” o un extremista politizado. Tampoco se cree una casta especial, ya que se jode por su sueldo. Sangramos y aguantamos sueño y lluvias 365 días al año. Obedecemos las leyes y reglamentos, sean justos o no; nuestras familias dependen de nosotros, igual que las de cualquier otro panameño. La diferencia, sin embargo, es que nos inspira el alma del Canal, no los políticos que vienen y se van.
No me gustan las generalizaciones porque siempre hay un genio que las quiebra. Pero haré una excepción, y diré una: todo lo que toque un político lo destruye. Donde meta sus mediocres manos queda contaminado de mediocridad. Cuando el Canal pasó a manos panameñas, el mundo marítimo tembló. Pensaba que las esclusas se convertirían en gigantescos criaderos de mosquitos, y que las estructuras serian vendidas en negociados infinitos. De nada sirvió decirles a las aseguradoras, o a la industria, que confiaran en Panamá. Tener a un controlador de tráfico, a un buzo, o a un práctico panameño era motivo de risa. El oxímoron de finales de año en Londres y Washington era la “ética panameña”. Rieron poco tiempo. Les demostramos lo contrario.
Panamá es visto en el mundo como un país de ladrones. Título que tenemos de gratis producto de los bellacos que llegan al poder. Todos desesperados por meterle el diente al Canal de Panamá. Esta ansiedad es cada día mayor. No pueden entender cómo ese pedazo de pastel no puede ser repartido entre las ratas hambrientas que pululan en su entorno. Para ser justos, no son solo los arnulfistas, sino que también fueron los militares y los PRD, los CD y los empresarios allegados, así como todo ñángara con ganas de robar.
El Canal trató de blindarse con un título constitucional. El propósito era dejar las ratas por fuera. Lo concibieron panameños que entendían la “ética panameña”. Sabían que si se lo dejaban a los políticos, a los cinco años los helicópteros gringos estarían volando nuevamente sobre Panamá. Todos los años veo las murallas de nuestra alma con fisuras. El canalero lucha por proteger esta trinchera. No hay donde retirarse, no hay otro Canal ni podemos transferirnos a otra institución con nuestro currículum o nuestra disciplina.
Todo lo que toca un político lo convierte en un lago de miasma. Los ingenieros, arquitectos y técnicos funcionan en el Canal; en el MOP se transforman en fantasmas de su profesión, en hombres que agachan la cabeza y se olvidan de su honor profesional. Igual sucede hasta en el IPAT, o en los Boy Scouts. El hombre mediocre solo puede criticar, y destruir; no da para más. El Idaan, el Seguro Social, el dolor de esperar dos horas por un bus dizque moderno. Nada funciona correctamente. Pero el Canal funciona como reloj.
No hay meritocracia para ascender en la escala del gobierno; triunfan los vivazos, los amigos del partido. El que trabaja no prospera en una institución del gobierno. Solo existe la mediocridad del ser. Aunque no funcione, se aumenta la planilla; se hacen tres estudios ambientales, y dos adendas millonarias, y “palante laopé”. Lo que importa es el gran negociado.
Una junta directiva politizada como se planea al 100 %, no es nada nuevo. No es Varela el criminal. El solo sigue el juego de sus antecesores, la “ética panameña”. La junta directiva ya está politizada al 101%. Creo que los gringos están esperando pacientemente. Ellos no tienen apuro; la reserva DeConcini, sonríe sarcásticamente, colgada detrás de la pared de la administración. Y para los que no hayan leído nuestro tratado del Canal, en buen lenguaje chiricano dice así: “como apliquen la ‘ética administrativa panameña’, los invadiremos de nuevo”.
El autor es práctico del Canal de Panamá