No es ninguna mentira si admitimos que el siglo 20 fue uno turbulento en cuanto a temas sociopolíticos; al menos construyó, en lo social, algo que hoy tenemos que dar por sentado y que ha sido muy beneficioso para la humanidad. Me refiero a la máquina del progreso, un desarrollo que, sin un diseño central ni un plan maestro, elevó el nivel de vida promedio de la humanidad de manera extraordinaria.
Hace 100 años, el ingreso global por persona rondaba los 3 mil dólares estadounidenses. Hoy supera los 20 mil. La pobreza extrema pasó de afectar a cerca del 60% de la población mundial a menos del 10%. Vivimos, en promedio, cuatro décadas más, con una mortalidad infantil que cayó de niveles de dos dígitos a apenas medio punto porcentual. Estos avances no fueron casuales y respondieron a una combinación poderosa de capital, energía, comercio, urbanización, innovación y escalamiento empresarial que, juntas, impulsaron una transformación sin precedentes.
En América Latina, ¿podemos subirnos a esa vanguardia? Es mejor mirar hacia adelante y buscar si podemos lograr progresos estructurales con miras al año 2100: un mundo donde cada persona, como mínimo, aspire al nivel de prosperidad que hoy disfruta un país desarrollado como Suiza. El ejercicio parece ambicioso, incluso provocador. Implica una economía global unas 8.5 veces mayor que la actual. Sin embargo, los datos muestran que ese ritmo de crecimiento no sería una anomalía histórica, sino una continuidad de lo ocurrido en el último siglo, como lo plantea el libro A Century of Plenty: A Story of Progress for Generations to Come, de colegas del McKinsey Global Institute.
Los pasos para lograrlo
El primer límite que suele aparecer en el debate es la energía. No existen países ricos con bajo consumo energético. El bienestar material siempre ha ido acompañado de mayor uso de energía por persona. Para un mundo plenamente empoderado se requerirían entre dos y tres veces los niveles actuales de energía total y un salto de entre 20 y 30 veces en electricidad de bajas emisiones. La magnitud impresiona, pero no resulta ajena a la experiencia histórica. En el último siglo, el consumo energético global se multiplicó por 10, mientras el acceso a la electricidad pasó de 20% a 92% de la población mundial. Cuando la inversión y la tecnología convergen, los sistemas energéticos escalan con rapidez.
Para América Latina, esta dimensión es especialmente relevante. La región combina una demanda creciente, presiones de asequibilidad y una oportunidad significativa para desplegar energías limpias a gran escala. La experiencia internacional demuestra que electrificación y crecimiento pueden avanzar de la mano, aumentando la productividad energética y reduciendo emisiones por unidad de producto. Desde 1970, producir el mismo nivel de PIB requiere menos de la mitad de la energía que entonces.
En el caso de Panamá, las noticias son alentadoras. En un avance significativo hacia la energía limpia en Centroamérica, Panamá generó el 75% de su electricidad a partir de fuentes renovables, como reportó el gobierno este febrero. Este logro posiciona a Panamá como líder regional en la transición energética global, demostrando un firme compromiso con la descarbonización de su red eléctrica.
Un segundo cuestionamiento apunta a los alimentos. ¿Puede el planeta alimentar a una población global próspera sin expandir la frontera agrícola? La evidencia sugiere que sí. Incrementos de productividad de entre 0.2% y 1.3% anual bastarían para alimentar incluso a 12 mil millones de personas con dietas abundantes y ricas en proteína. Estas tasas son inferiores a las ya logradas desde la década de 1960 en cultivos clave y en producción animal.
Para América Latina, una potencia agroalimentaria, esto refuerza la idea de que innovación, tecnología y mejores prácticas pueden generar abundancia sin degradar ecosistemas. En el caso de Panamá, el camino es promisorio: vivimos un boom de exportaciones, y los más de 700 contenedores de melones y sandías enviados a mercados europeos son un buen ejemplo. De mantenerse esta tendencia, Panamá puede convertirse en una potencia regional.
Los metales, minerales y ahora los codiciados materiales raros constituyen otro foco de inquietud, especialmente en un mundo electrificado. La transición requiere mayores volúmenes de materiales como el litio. Sin embargo, la historia reciente muestra una capacidad notable de respuesta del lado de la oferta. Las reservas recuperables de litio se han más que duplicado desde 2010, creciendo casi tres veces más rápido de lo necesario para sostener un siglo de abundancia. Exploración, reciclaje, sustitución e innovación amplían constantemente los límites percibidos de escasez.
¿Es posible crecer, generar prosperidad y proteger el planeta al mismo tiempo?
El planteamiento de que debemos elegir entre desarrollo económico y sostenibilidad ambiental resulta intuitivo, pero engañoso. El crecimiento provee el capital, la tecnología y las capacidades institucionales necesarias para mitigar emisiones y adaptarse a los impactos climáticos.
Las economías estancadas enfrentan dilemas más duros entre energía, salud, vivienda y protección ambiental. Las economías dinámicas amplían el abanico de opciones viables.
El verdadero riesgo para América Latina no es apostar por una visión ambiciosa de prosperidad compartida. El riesgo es resignarse a techos bajos de crecimiento que impidan financiar la transición energética, la adaptación climática y la inclusión social. Algo similar ocurre aquí: tanto el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial prevén que la economía de nuestro país crecerá 4% en 2026, siempre y cuando se mantengan las inversiones en los sectores clave y la diversificación de la economía panameña 3.
La historia del último siglo demuestra que el progreso fue persistente, aunque no lineal. No tiene mucha importancia, ya que la máquina del progreso funciona cuando se invierte en capacidades productivas, se difunde la tecnología con rapidez, se mantienen mercados abiertos y se mide el avance en vidas mejoradas. Si la región elige participar activamente en ese proceso, un mundo de abundancia hacia 2100 deja de ser una utopía distante para convertirse en un proyecto estratégico de largo plazo.
América Latina se lo merece. Panamá y sus ciudadanos se lo merecen.
La autora es senior Partner and Managing Partner Latin America, McKinsey & Company.

