Tengo 30 años y soy una adulta/adolescente de esta era, hice todo lo que se supone uno debe hacer para ser “profesional”, un adulto independiente, es decir, todo para lograr estabilidad económica, salud, vivienda… porque en este sistema los derechos humanos básicos se han convertido en privilegios, así que hay que ganárselos.
Uno debe estudiar, según nos venden, a partir de las famosas competencias del siglo XXI, para ser “exitoso”, o sea tener algo de plata para sobrevivir, así que nos preparamos con licenciatura, posgrado y venderse, venderse mucho, al mejor postor, lo intenté. Sin embargo, no tomé en cuenta que dedicarse a trabajar en alguna rama del arte y/o la cultura, en este mundo capitalista, no es una carrera, es un sacrificio.
Particularmente, me criaron pensando que “otro mundo es posible”, que podía ser libre y seguir mis instintos, que siguiera mi corazón e hiciera lo que me trajera felicidad, sumado a esto tenía a mis maestros de escuela que decían que vivíamos en un país “democrático” y teníamos suerte, que si éramos buenos en algo y ponemos todo nuestro esfuerzo el “éxito” llegaría. ¡Así que me arriesgué!
En el camino a mi pasión, me tropecé muchas veces, caí, no me detuve, seguí, estudiando, leyendo, conociendo, conociéndome y hoy puedo decir, que seguir tu pasión si es en el arte, cualquier arte, específicamente en el campo teatral, es todo un reto, sobre todo si tienes pensamiento crítico, ética y moral propia, feminista y laica, pensamiento político, esas cosas que parecen haber perdido su valor, por las competencias, por la fama efímera, entre otras cosas.
Cuando uno no quiere venderse, sino crear, vivir procesos, producir cambios sociales, cuando uno entiende que vivimos en un sistema desigual, dividido en clases, cuando tienes que pelear porque te paguen los ensayos, cuando debes justificar que el trabajo del actor, director, dramaturgo, técnico de luces, sonidista, vestuarista, maquillista, etc. son trabajos, tu carrera se convierte en una montaña cuesta arriba. ¡Nosotros también laboramos! No es un hobby.
Nos convertimos en verdaderos obreros del arte, persiguiendo un sueño, ¿una utopía? y sin embargo, no nos rendimos, porque no podríamos vivir sin hacer teatro. El mundo nos necesita, para cambiarlo, para reencontrarnos como humanos. Aunque no podamos pagarnos vivienda, alimento o salud dignos con esta carrera, seguiremos siendo profesionales del arte y quizás la utopía de ser considerados y respetados un día sea realidad.
La autora es licenciada en arte dramático, actriz, docente, locutora