Para mí, el origen está en su poemario El tobogán, que ganó el Hiperión en 2002. Allí, franqueada la página 61, con el aliento contenido y las líneas enturbiadas por las lágrimas tras el último poema, Palabras a una hija que no tengo, están las gratitudes que cierran el libro. Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), allá, agradece “a los hijos que quizá tendré, recordando el futuro: para eso, también, sirve la literatura”. Hoy, en el futuro, aparece esta literatura suya que celebra poniendo por escrito al niño, a su hijo.
Pequeño hablante (Alfaguara, 2024), continúa la crónica en progreso del hijo recién llegado para cambiarlo todo que comenzó con Umbilical (2022), pero que ya palpitaba en la emoción literaria del Neuman “hijo”, que ha ido fraguando esta mirada, quizá sin querer queriendo, y que no teme poner delante de los lectores a pesar de que para algunos este asombro primerizo no sea materia susceptible de ser literatura, por tan obvia y reiterada la experiencia de ser padre.
La literatura, que es un asunto de miradas y perspectivas, aplicadas al propio hijo, no es diferente. Aunque es evidente la celebración del hijo, hay en Pequeño hablante y en Umbilical, una búsqueda de respuesta del padre en el hijo. Ante la oportunidad de mirar ras el velo de la primera infancia olvidada, el escritor quiere saber, se interroga midiéndose en el hijo, dibujándolo a él, levantando inventario, pero es quizás la búsqueda de un hilo conductor hasta el niño que fue.
Hay momentos de gran belleza poética, de muy acertadas construcciones narrativas que recrean la imagen del niño, del padre, de lo cotidiano, de la pedagogía, de las ausencias, la enfermedad y de la alegría. Pequeña hablante es un abecedario, un conteo hasta 95 en pequeñas cápsulas de vida en las que el niño es el vehículo del asombro, que un escritor solvente consigue convertir en buena literatura. Se puede antojar sencillo en apariencia, pero es muy complejo ser elocuente en lo reiterado y común y más se aquello es por naturaleza emocional.
Y es también este libro un camino del silencio y el llanto, a la conquista del habla, no solo en términos pragmáticos, sino como construcción de una relación que establece nuestro lugar en el mundo. No es un manual poetizado de procesos del habla, es un diario sobre el camino de transformación en “escuchante”, un registro de ese proceso que lo convierte, sin pretenderlo, pero de manera inevitable, en intérprete del adulto que será el niño, que está siendo el niño.
La entrada 53 nutre de voz y cierto sosiego, compañía —por qué no—, a los padres extranjeros cuyos hijos vivirán siendo nacionales de una tierra que no es la paterna: “La música argentina que te pongo me hace llorar a mí. Su cadencia infantil se oscurece entre líneas y resiembra el oído. Vos que sos español sin saber que lo sos, vos que tenés sonidos, frutas y pronombres que descubrí de pronto en mi niñez de acá, vos que absorbés canciones y tenés cada orilla por delante, ¿querés bailar conmigo”.
Celebro este nuevo libro de Andrés Neuman, y espero que siga esta crónica del hijo que crece. La dificultad está en lo sentimentalón y cursi que se puede llegar a ser, pero queda muy bien resuelto por el lenguaje sentencioso, aforístico, de retrato literario o anécdota, en algunos momentos de microrrelato. Lo cierto es que la capacidad narrativa del autor de El viajero del siglo, fuera de toda duda, se pone al servicio de un ejercicio literario al alcance de unos pocos.
El libro termina con el niño contando a su padre dos cuentos mientras mastica unas naranjas en el parque. Aquí empieza todo, ahora el juego se pone interesante. Y uno no es capaz de dejar de mirarse en los hijos, de buscarse, aunque se esté hablando de ellos.
La paternidad como búsqueda de uno mismo, como pasión irrenunciable, como grieta en la armadura por donde se cuela el frío de la incertidumbre. Pequeño hablante es un tesoro de momentos para la memoria de los que ya pasamos por ahí, la constatación de que por mucho que se parezcan los asombros, siempre hay lugar para la poesía.
El autor es escritor.
