Lo que pudimos ver recientemente en la redes sociales, donde una persona a quien su acompañante llamaba por el nombre de Anel desobedecía las instrucciones de un agente de la policía luego que este lo detuviera por haber cometido una infracción, nos debe llamar a reflexionar sobre hacia dónde estamos caminando como sociedad.
Iniciamos tomando en consideración lo único que el referido Anel podría tener en su favor: estaba cansado y “harto” del tranque al que se vio sometido, luego de haber manejado desde la ciudad capital. De ahí en adelante no veo por dónde este ciudadano podría tener excusa alguna para haber actuado como lo hizo.
Digamos que el agente de la policía, ante el incumplimiento a sus indicaciones, por parte del ahora famoso Anel, se sintió en peligro de ser agredido y desenfundó su arma de reglamento y ello llevó a los gritos de la señora y al eventual desenlace. No sé si el gas o aerosol estaba defectuoso, pues de lo que se ve en el video correspondiente no le hizo ni cosquillas al agresor.
Aunque reconozco estar entre los que pensamos que la policía de Panamá no cumple con sus funciones y deberes, debería reconocer que el policía se mantuvo bastante paciente, hasta que Anel se le abalanzó.
No soy sociólogo ni mucho menos, pero como persona que tengo más de 2 dedos de frente, pero creo que lo sucedido, por un lado refleja la falta de respeto a estas unidades de policía y por el otro demuestra el hartazgo que existe entre la ciudadanía, por el desgreño administrativo que se palpa, por el poco me importa de algunas autoridades, las cuales muchas veces se llegan a convencer que se puede gobernar igual que se hacía 10 o 15 años.
Y resalto algunas autoridades, pues sí hay algunas que, de una manera u otra, tratan de hacer su trabajo de la mejor manera posible. Como ejemplos, puedo citar a la magistrada Maribel Cornejo que, hasta donde conozco, es la única que ha presentado un informe sobre su gestión. Eso se llama transparencia. Puede que no nos guste alguno de sus fallos, pero el hecho de haber presentado su informe nos da alguna luz de esperanza.
A diferencia del director de la CSS, que dice que “las cartas de diputados pidiendo nombramientos” son de carácter confidencial. ¿Habrase visto? Mi mamá diría algo así: “Los pájaros tirando de las escopetas”. Como se preguntó el distinguido Dr. Abadía, ¿qué hay qué hacer para que renuncie? O como los diputados que aparecen “apadrinando” obras y gestiones de empleo, fuera de sus áreas de elección; por eso repito, de verdad que piensan que uno es bobo.
Pero saben, lo más triste de todo esto, es que si un partido (ya ustedes se imaginan cuál podría ser) postulara a Anel y a la señora de “tetas pa’los manes”, a lo mejor hasta salen electos. ¿Y de quién es la responsabilidad por esto? ¿Quieren saber? Entonces les sugiero que se levanten de donde están leyendo este artículo de opinión y vayan a cualquier espejo. Allí encontrarán la culpa de mucho de los que nos sucede.
Tenemos una sociedad con los valores trastocados. Donde los jóvenes prefieren pertenecer a una pandilla que estudiar o buscar trabajo. Donde el engaño y el juega vivo se convierten en las reglas de juego. Donde cuando uno habla de honestidad, transparencia, integridad, respeto y ética a las personas les suena “aburrido”.
Vivimos en una sociedad donde “colarse” en una fila del banco o de oficina pública es un logro plausible. Donde preferimos llamar al compadre para que no nos cobren una “boleta” de tránsito (algunas de las que algunos policías emiten a su libre albedrío) en lugar de reconocer la falta y cumplir con la ley. Aceptamos que la coima, la mal ejecutada relación de amistad, o la oportunidad de hacer un negocio saltándonos los procedimientos establecidos, se hayan convertido en el día a día. Donde si no ganamos una licitación la impugnamos, aunque sepamos que no nos merecimos haberla ganado.
Todo esto es producto de una desinstitucionalización del país, promovida inclusive, desde las más altas esferas de los gobiernos. Esos mismos gobiernos que no quieren invertir en la educación que tanto proclaman. Lo mas triste es que como ciudadanos terminamos aplaudiendo, mirando hacia el otro lado o peor aún, repitiendo frases tan huecas como por ejemplo “robó, pero hizo”.
¿Cuándo vamos a despertar de este letargo “conveniente” en el que estamos sumidos? ¿Cuándo nos animamos a retomar el camino de lo correcto? ¿De verdad que el futuro de nuestros hijos o nietos no lo vale? ¡Yo creo que sí!
El autor es activista cívico y analista político
