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Ángel Miguel y el derecho a una vida plena

Ángel Miguel y el derecho a una vida plena
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No desde la lástima, ni desde la idea de que una persona debe adaptarse a un único modelo para ser considerada capaz, sino desde la convicción de que cada ser humano tiene talentos, sueños y distintas maneras de aprender, comunicarse y relacionarse con el mundo. La historia de Ángel Miguel, un niño de 10 años que vive en Altos de Cerro Azul, dentro del Parque Nacional Chagres, es una de esas historias.

Ángel es autista y ha encontrado en la naturaleza un espacio de tranquilidad e inspiración. Rodeado de montañas, árboles, animales y paisajes, ha desarrollado una sensibilidad particular para observar su entorno. Pero, sobre todo, ha descubierto una herramienta poderosa para expresar lo que piensa y siente: el dibujo.

Sus ilustraciones, llenas de imaginación y color, representan una manera propia de contar historias. Ángel observa el mundo de una forma diferente y transforma esa mirada en imágenes. En sus dibujos hay creatividad, ideas y emociones. No necesita comunicarse siempre de la manera tradicional para decir algo importante. Su arte se convierte en un lenguaje propio.

Esa capacidad de crear lo llevó a convertirse en autor de dos libros. Su obra más reciente, Las Aventuras del Enno, demuestra que existen múltiples caminos para construir una historia. Ángel imagina, dibuja, participa y crea con el acompañamiento de su familia y de quienes creen en sus capacidades.

Su experiencia también encuentra un espacio de crecimiento en el Grupo Scout No. 26, donde participa junto a otros niños y jóvenes. Allí puede aprender, compartir, desarrollar habilidades y sentirse parte de una comunidad. La inclusión adquiere verdadero significado cuando no se limita a permitir la presencia de una persona, sino cuando se crean condiciones para que pueda participar, aportar y crecer.

La historia de Ángel plantea una pregunta que como sociedad debemos hacernos: ¿cuántas capacidades permanecen ocultas porque no ofrecemos las oportunidades adecuadas?

No todas las personas aprenden de la misma manera, ni tienen las mismas necesidades, ni desarrollan sus talentos siguiendo un camino idéntico. Por eso, hablar de igualdad no significa ofrecer exactamente lo mismo a todos. Significa garantizar las condiciones necesarias para que cada persona, según sus características y circunstancias, pueda desarrollar su potencial y vivir una vida plena.

Para un niño neurodivergente, una escuela que comprenda sus necesidades, una familia que acompañe sus procesos, espacios culturales y deportivos accesibles, actividades comunitarias inclusivas y oportunidades para desarrollar sus talentos pueden marcar una diferencia enorme. Lo mismo ocurre con las personas con discapacidad, los adultos mayores, quienes viven en condiciones de vulnerabilidad o cualquier persona que enfrenta barreras para participar plenamente en la sociedad.

La verdadera inclusión no consiste en reducir las expectativas sobre alguien. Consiste en eliminar las barreras que impiden que pueda demostrar lo que es capaz de hacer.

Por eso, la historia de Ángel no debe contarse como la de un niño que “superó” el autismo. El autismo no es una barrera que deba vencer para tener valor. Su historia debe contarse como la de un niño que encontró personas, espacios y oportunidades que le permitieron desarrollar capacidades que quizá habrían permanecido invisibles.

Ángel nos recuerda que una sociedad más justa se construye cuando dejamos de mirar únicamente las limitaciones y comenzamos a reconocer las posibilidades.

Esa mirada debería inspirarnos a cambiar la forma en que entendemos oportunidades y la inclusión.

Construir escuelas, comunidades e instituciones donde cada persona pueda encontrar su propio camino para aprender, crear, participar y aportar.

Porque una vida plena no significa vivir de acuerdo con el molde de los demás. Significa tener oportunidades reales para descubrir quiénes somos, desarrollar nuestros talentos y ser reconocidos por lo que podemos aportar.

Ángel ya encontró parte de ese camino entre la naturaleza, los dibujos, los libros y los Scouts. Ahora nos corresponde preguntarnos cuántos niños esperan todavía que alguien les abra una puerta.

El autor es educador y promotor social


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