No sé en qué año los aprendí, pero me siguen acompañando hasta la fecha. Sé que nos hacían buscar en el diccionario las palabras que nos eran extrañas (la mayoría, he de confesar), y así nos íbamos haciendo con el significado de dos himnos: al Maestro y al Estudiante. La ejecución vocal no era mi fuerte, pero sí sé que los cantábamos con entusiasmo.
Con un nuevo año escolar recién iniciado, más allá de la alegría y la ilusión por la novedad, me pregunto si estos himnos tienen hoy día alguna relevancia en el quehacer de ambos gremios. Porque, no olvidemos, el proceso enseñanza-aprendizaje, la educación, requiere de ambos para tener sentido. Pero hoy, el ninguneo mutuo está a la orden del día.
Al maestro se le dedican estas excelsas palabras, “ser abnegado que cuida, con amor a la Patria” y sigue, “al que pone la luz de la vida, en el alma de la juventud”. Es evidente la altísima responsabilidad, el profundo compromiso con el que abordan su vocación (habla de abnegación Octavio Fábrega). Pero ya solo es una profesión y los que excusan su mediocridad argumentan que los estudiantes “son unos malcriados y peor los padres”.
El estudiante, en palabras de Ricardo Fábrega, con su “lábaro triunfante”, va a lograr “que un nuevo día nos alumbre nueva luz”. Pero no saben qué es un “lábaro” y lo peor, es que no quieren saberlo. El diccionario (cualquier libro), es básicamente un fastidio de cientos de páginas. La “poesía” que no sea reguetonera o popero-romanticona no merece ni un minuto de su tiempo. Exagera el autor del himno cuando dice en un momento de su composición que son “sol del porvenir y fuente de ilusión”. Así son los himnos: excelsas ilusiones en manos de cobardes y mediocres. Los unos y los otros.
En manos del maestro “no luce ni destella, ni la espada marcial ni el cañón”, no, pero tampoco el libro “bíblica estrella”, dice el autor, que “conduce hacia la redención”. Porque la mayoría de los maestros no lee. Recomienda novelitas de nivel literario subterráneo, haciendo de sus autores unos presuntuosos que se arrogan el título de los más leídos. No tienen amor ya por las letras, “su espada mejor” no es “la verdad”, ni su campo de guerra es la escuela. Hace tiempo que se rindieron.
Hoy se conocen otras “pendencias” de los estudiantes y no son la “del honor y del saber”, qué va, esa es batalla de perdedores, piensan, sin que nadie les contradiga. Estudiar ¿para qué?, si vivimos en un país que lo que quiere producir son ciudadanos-votantes por el más populista, por el menos culto, por el que en definitiva garantice la rumba y el desorden. La “grey humana” (por lo menos Panamá), no será salvada por este estudiantado tan aburrido de aprender.
El autor es escritor