DEJá VU

500 años después del mástil

500 años después del mástil
500 años después del mástil

La ciudad de Panamá fue fundada el 15 de agosto de 1519. Las fechas, cuando las celebro, me dan escalofríos. Cuando las pienso y estoy físicamente presente me conmocionan. Puedo pensar en tiempos y olores diferentes. Puedo ver fácilmente el pasado y olvidarme donde habito. Algunas veces, incluso, siento un dejá vu de un tiempo que ya viví. Ese sabor agridulce de saber lo que ocurrió; de entender el tiempo total transcurrido, y sentir un golpe en el estómago, ese momento de espacio tiempo, del existir. Ese presente que me pregunta, ¿cómo será mi patria mañana? ¿Cómo será dentro de otros 500 años?

Es fácil para un historiador ver la figura dorada del gobernador Pedrarias Dávila pavoneándose en su ciudad. Una ciudad minúscula, pero poderosa. Una ciudad con un título concedido por Carlos V. Ese 15 de agosto fue inolvidable para nuestros antepasados. Ese día fue de orgullo total. Las riquezas de otras partes llegarían a esta tierra, gracias a un pergamino oficial, nuestra posición geográfica y al adelantado Vasco Núñez de Balboa. Castilla del Oro fuimos llamados, y el oro corrió por Panamá como sus mariposas y sus peces. Ese día fue un día feliz. Un atardecer de fiesta, toros y comida.

Solo me pregunto si alguno de nuestros antepasados miraría el horizonte, y por un segundo pensaría en el futuro de su bellísima bahía. Ese 15 de agosto había nacido nuestro futuro, en una playita conocida hoy como Panamá la Vieja.

Cien años después, Henry Morgan atacaba con bríos la ciudad. Morgan era inglés. Su vida era otra, sus sueños distintos y no le importaba que tuviésemos un papel que certificaba que éramos una gran ciudad. La ciudad de Panamá explotó, incendiada por orden de Juan Pérez de Guzmán, otro militar desquiciado con malas ideas. Panamá fue destruida y saqueada igualmente. Todo un momento en el que sueños, amores y fortunas se pierden y se ganan sin pensar que solo hacía 100 años, un indio y una palmera soñaron juntos.

Panamá ha seguido creciendo desde su nueva ciudad bajo las faldas del cerro Ancón en 1673, con mil alegrías, cien lágrimas, y un sueño. Solo me pregunto, ¿cuántos pensarían en su futuro? ¿Cuántos se imaginarían nuestra fiesta del 15 de agosto del 2019?

Cuando nos independizamos de España en 1821, celebramos con ron y bailes nuestro brillante futuro. Y luego cambiaríamos a tener otro pergamino, el de ser la capital del istmo cuando nos liberamos de Colombia en 1903. Decían entonces que Panamá construiría un canal interoceánico. Los gringos llegarían y habría por fin justicia. Que día de fiesta fue aquel, qué contentos estuvimos. “Por fin”, decían en las calles, “toda la corrupción terminará”. ¡Qué tiempos de aventuras!, me puedo imaginar. No había mucha higiene, y sí muchas muertes por los mosquitos; pero el futuro siempre es producto del presente. ¡Qué día de fuegos y glorias! Nuestros políticos y líderes juraron que todo cambiaría para siempre. Todos lo creyeron; fue un día como nunca en nuestras vidas.

Estoy seguro que el pasado está ligado, irremediablemente, a nuestro presente. El agua potable llegó con la construcción del Canal, y Panamá avanzó hacia un modelo económico envidiable en los 70 y 80 con nuestro sistema bancario. Deslumbramos al mundo aún más cuando logramos nuestra completa soberanía en 1999 y, después, cuando construimos otro Canal en el siglo XXI. ¡Dios, cómo saltamos ese día! Por fin alcanzamos la victoria, en el campo feliz de la unión. Los militares y Manuel Antonio Noriega se habían ido también. Por fin no habría más desfalcos y la justicia llegaría.

Hoy me pregunto, ¿dónde estaremos dentro de 500 años? He luchado toda mi vida por ver una ciudad con justicia, solo eso, justicia. Ese es el sueño, el sueño de cien generaciones. Creo que entiendo mi futuro, basado en mi pasado. Quizás hoy que estamos de fiesta y vuelva a bailar por un par de horas, Panamá vuelve a soñar con su presente de gloria. Pero cuando caiga la noche, recordaré que somos prisioneros de una ciudad sin palmeras y un país sin justicia. Pensé en el orgulloso de Pedrarias, y luego en la cabeza sangrante del adelantado Balboa. Tengo un dejá vu.

¡Y lentamente revuelvo la mirada y siento espanto!

El autor es práctico del Canal

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