n América Latina y el Caribe, los impactos de El Niño no deberían tomarnos por sorpresa. Las sequías, las inundaciones y la escasez de agua siguen patrones que la ciencia permite prever, en la mayoría de los casos, con bastante antelación. A pesar de estos avances, una y otra vez seguimos enfocándonos y gastando más en responder una vez ocurren los desastres que en prevenirlos. Esa mala costumbre no se paga solo en términos monetarios, sino también en familias que pierden su sustento, hospitales sin suministro de agua y alimentos que se encarecen, con efectos desproporcionados para quienes tienen menor poder adquisitivo.
Este año esa preparación vuelve a ponerse a prueba. La Organización Meteorológica Mundial advierte que existe un 80 % de probabilidad de que El Niño se asome en el segundo semestre de 2026 y que, como suele ocurrir, sus impactos más fuertes se sientan al año siguiente. La pregunta, entonces, no es si llegará, sino qué tan preparados nos encontrará.
Conviene decirlo con claridad: las inversiones en preparación no son un gasto. Por el contrario, son las que permiten que la vida y la economía sigan su curso cuando el clima se pone en contra. Cuando el funcionamiento de una infraestructura esencial se ve interrumpido por una sequía o una crecida, no solamente hay daños estructurales; también se rompen las cadenas de suministro, suben los precios de los productos básicos y el golpe termina recayendo, de manera desproporcionada, sobre los más vulnerables. Anticiparse y prepararse representa justamente lo contrario: poder seguir funcionando cuando todo se complica. Esa es la verdadera medida de la resiliencia.
El Canal de Panamá permite ver cómo luce esa idea en la práctica. Por sus esclusas pasa cerca del 6 % del comercio mundial, en rutas que enlazan unos 1,900 puertos en más de 170 países; si el Canal se detiene, el efecto se siente mucho más allá del istmo. Por eso, ante la alerta de El Niño, el Canal no esperó a la estación seca y, desde finales de 2025, implementó medidas que permiten ahorrar más de mil millones de litros de agua al día, además de aprovechar la temporada lluviosa para llegar al verano con los embalses en buen nivel. Comprender el riesgo a tiempo, a partir de datos robustos, y actuar antes de la emergencia: en eso consiste anticiparse.
Esa anticipación se sostiene en dos elementos que toda la región necesita cuidar. El primero son los datos. En la cuenca de Río Indio, el Canal reforzó la densidad de estaciones que miden la lluvia y el nivel del río en tiempo real, mientras que las autoridades, mediante vigilancia permanente, traducen esa información en alertas para la población. Ese sistema, operado junto con los organismos de protección civil, protege hoy a más de 2,000 personas, demostrando que los datos compartidos entre instituciones valen más que los datos aislados. El segundo elemento, y el más importante, son las personas: más de la mitad de los panameños bebe del mismo sistema que mueve al Canal, de modo que pensar en el agua de mañana obliga a pensar en quienes la necesitan hoy.
Prepararse de manera integral también implica mirar más allá de la próxima temporada. El nuevo embalse proyectado en Río Indio, una inversión cercana a los 1,600 millones de dólares para asegurar agua durante el próximo medio siglo, busca responder a sequías cada vez más intensas. Son decisiones complejas, que exigen acuerdos con las comunidades, y por eso mismo muestran lo que significa planificar a largo plazo en lugar de reaccionar ante lo inmediato.
La preparación requiere un esfuerzo intersectorial, y Panamá lo está construyendo. El Ministerio de Economía y Finanzas ya promueve una visión de inversión resiliente como forma de proteger el presupuesto público frente a los desastres; el Instituto de Meteorología e Hidrología de Panamá (IMHPA) fortalece sus capacidades para comprender mejor el clima; y cada vez más empresas reconocen su corresponsabilidad en estos esfuerzos, ya que su propia continuidad depende de qué tan bien se interprete el riesgo donde operan. Ese mismo espíritu llevó al país a ser sede, en marzo pasado, del VIII Foro Consultivo de la Política Centroamericana de Gestión Integral del Riesgo de Desastres y del III Foro Internacional de Gestión Integral del Riesgo de Desastres, celebrado en octubre de 2025, que reunió a representantes de toda la región en Ciudad de Panamá.
Para fortalecer esos esfuerzos, el próximo Informe de Evaluación Regional sobre el Riesgo de Desastres (RAR27), que desarrolla la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres, ofrecerá a los países una hoja de ruta para construir sociedades más resilientes mediante el fortalecimiento del vínculo entre la reducción del riesgo de desastres y el desarrollo sostenible.
Los últimos pronósticos indican que El Niño llegará. Lo que ahora está en nuestras manos es definir cómo lo afrontaremos. Y de todas las obras y proyectos que una sociedad puede emprender, aquellos que permiten anticiparse siguen siendo los más rentables.
El autor es Representante Especial del Secretario General de la ONU para la Reducción del Riesgo de Desastres y jefe de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR)

