En los últimos años, hemos sido testigos, a través de distintos medios de comunicación, de los frecuentes apagones en Cuba. Esto ha puesto en evidencia la fragilidad de un sistema eléctrico altamente dependiente de combustibles. Actualmente, más del 90% de su generación proviene de plantas térmicas, muchas con limitaciones operativas, con episodios recientes de apagones de hasta 8 a 12 horas diarias en distintas regiones. La falta de visión del sector eléctrico en Cuba, sumada a limitaciones en el suministro de hidrocarburos y a una matriz poco flexible, ha generado interrupciones constantes que afectan la calidad de vida y la economía. Este escenario no solo refleja un problema interno, sino que también deja una lección clara para Panamá: la importancia de fortalecer el sector eléctrico mediante el uso estratégico de nuestros recursos, como los ríos.
Panamá cuenta con una matriz energética más flexible que la cubana, con aproximadamente 50%–60% de generación hidroeléctrica y entre 25%–30% de generación térmica. Sin embargo, en los últimos años, la generación térmica ha ganado espacio, incrementando la exposición a la volatilidad de los precios internacionales. Esto impacta directamente los costos del sistema eléctrico y, en consecuencia, las tarifas finales. Como referencia, los costos marginales de generación en Panamá han oscilado entre $67/MWh y $130/MWh (SPOT), pudiendo superar los $140/MWh en escenarios de alta dependencia térmica, mientras que, en condiciones favorables de hidrología, pueden bajar de $80/MWh. A pesar del crecimiento de las energías renovables, como la solar y la eólica desde 2014, su naturaleza intermitente requiere respaldo que, en muchos casos, proviene de plantas térmicas.
Cuba muestra el riesgo de una dependencia extrema de la generación térmica. Los apagones en la isla no son solo el resultado de fallas técnicas en la transmisión y distribución, sino también de la vulnerabilidad en la disponibilidad de combustible que condiciona la estabilidad del sistema eléctrico. Esto no solo afecta la calidad de vida de sus ciudadanos, sino también a una industria tan importante como el turismo. Evitar este tipo de escenarios debe ser una prioridad estratégica para cualquier país que busque seguridad energética.
En este contexto, la evaluación para desarrollar nuevas hidroeléctricas adquiere un rol relevante. A diferencia de las fuentes térmicas, la generación hídrica reduce la exposición a costos variables asociados a combustibles, aporta estabilidad operativa y facilita la integración de otras energías renovables.
Como referencia regional, Costa Rica ha demostrado que una alta participación de hidroelectricidad, en muchos años superior al 65% de su matriz, puede traducirse en mayor estabilidad de costos y menor exposición a combustibles fósiles. El aprovechamiento del recurso hídrico no solo contribuye a la sostenibilidad ambiental, sino que también impacta positivamente la competitividad económica. Esto no implica copiar su esquema, sino entender los beneficios de priorizar fuentes energéticas propias y estables.
Para Panamá, las señales son claras. Aún existen potenciales hidroeléctricos que pueden desarrollarse bajo estándares modernos, incorporando criterios ambientales, sociales y tecnológicos más avanzados.
Una matriz energética excesivamente dependiente de una sola fuente aumenta la vulnerabilidad del sistema frente a eventos climáticos, técnicos o geopolíticos. Panamá debe continuar fortaleciendo la diversificación inteligente de su matriz eléctrica.
Los apagones en Cuba no son una realidad aislada, sino una advertencia sobre los riesgos de una matriz altamente dependiente de combustibles fósiles. Panamá tiene la oportunidad de aprender de estas experiencias y avanzar hacia un modelo más robusto.
No se trata de elegir entre una fuente u otra, sino de diseñar un sistema donde ninguna, por sí sola, tenga el poder de fallar. La verdadera seguridad energética está en el balance: en combinar inteligentemente nuestros recursos hídricos, las energías renovables y el respaldo térmico, de forma que el sistema sea resiliente, estable y sostenible en el tiempo.
El autor es especialista en proyectos de energía.


