Después de las elecciones suele aparecer un espíritu de «borrón y cuenta nueva» que nos devuelve, cinco años después, al punto de salida, una especie de eterno retorno que ya no permea en las conciencias de nadie y que abandona la memoria ciudadana demasiado pronto: todo el mundo es bueno, «¡vamos, presidente!», «hay que vestir la camiseta de Panamá», y demás necedades recurrentes, como lo de la banda presidencial y el viajecito de las amigas para encargarla, que al parecer siempre se ha hecho.
Aparecen también los recién llegados, los «electos», con ideas brillantísimas que van a salvar la patria, cayendo en el «populismo adolescente» —o en demagogia de viejo cuño— al pretender reducir la factura del mantenimiento de áreas públicas a costa del voluntariado, como si fuese trabajo del ciudadano hacerlo y no el del diputado buscar una empresa con garantías técnicas, con un presupuesto ajustado, a la que se pague a tiempo y garantice el servicio a lo largo de su mandato. La demagogia desgasta el sistema, por muy independiente que sea el «electo».
Los otros aparecidos son los «impugnadores residuo», esos fantasmas políticos que van por las esquinas llorando su curul más que la Tulivieja a su niño perdido, socavando las instituciones con la misma demagogia vestida de patria y defensa de la democracia, intentando bloquear el buen funcionamiento de la Asamblea Nacional y demostrando que lo que siempre los ha movido es su propio interés partidista: nada nuevo bajo el sol.
Aparecerá, espero que cuanto antes, un verdadero interés ciudadano por lo que nos pasa y que nos ayude a frenar este clientelismo corrupto en el que seguimos instalados, y que debemos exigir que desaparezca, a pesar de las muchas sombras de duda que planean sobre este gobierno electo, que no se sacude el fantasma del corrupto exiliado, cuya mala influencia va a terminar metiéndonos en un gran problema, y que aparece cada vez más con impunidad grosera e incendiaria.
El autor es escritor.
