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Apariencia obligatoria; cumplimiento opcional

Apariencia obligatoria; cumplimiento opcional
Estudiantes de la escuela Estado de Israel en San Miguelito aplica las pruebas ERCE 2025 con docentes y universitarios capacitados. Yaritza Mojica

En muchos colegios públicos —y, por extensión, en parte de la vida institucional panameña— se ha instalado una práctica incómoda: hacer como si las cosas funcionaran. Existen reglamentos, protocolos y discursos bien formulados; sin embargo, su aplicación es irregular. En ese contexto, la disciplina no ha desaparecido por completo, pero con frecuencia pierde eficacia en la práctica.

Se sabe, en términos generales, lo que debe hacerse: respetar las normas, cumplir las responsabilidades y sostener límites. El problema no radica tanto en la ausencia de criterios como en la dificultad para aplicarlos de manera consistente. En términos freudianos, esto sugiere un superyó debilitado en su función práctica: una instancia moral que reconoce el deber, pero que no logra traducirlo en conducta sostenida. Se juzga con claridad, pero se actúa con ambigüedad.

La propuesta de Nietzsche introduce una exigencia distinta. No se trata solo de obedecer normas, sino de asumir la capacidad de actuar y crear valores propios. El ideal del “superhombre” no descansa en la queja ni en la inercia, sino en la responsabilidad radical sobre la propia acción. Sin embargo, en contextos donde el respaldo institucional es limitado, actuar con coherencia implica costos. Y esos costos no siempre son asumidos colectivamente.

En ese punto emerge una figura poco analizada: quien intenta hacer las cosas bien. El estudiante que desea aprender en un aula con dificultades de orden; el docente que procura sostener normas sin el apoyo suficiente; el funcionario que busca resolver en medio de dinámicas lentas. No son inexistentes, pero sí suelen enfrentar condiciones adversas.

Intentar, en estos contextos, no solo exige esfuerzo, sino también persistencia frente a prácticas arraigadas. Lo que debería valorarse —la responsabilidad, la coherencia, la disciplina— a veces se percibe como rigidez o exceso. No necesariamente se sanciona de forma directa a quien cumple, pero puede haber una falta de reconocimiento o de respaldo. Con el tiempo, esto incide en las expectativas: adaptarse a lo que funciona en la práctica puede resultar más viable que sostener estándares elevados sin apoyo.

Surge así una tensión relevante. Mientras se promueve el fortalecimiento de valores y la calidad educativa, en la experiencia cotidiana coexisten señales contradictorias: normas que no siempre se aplican, responsabilidades que se negocian y resultados que no reflejan, de manera consistente, el esfuerzo. Esta brecha entre el discurso y la práctica afecta la credibilidad del sistema.

Una de las consecuencias más delicadas es el desarrollo de cierto escepticismo. Cuando el esfuerzo no encuentra una correspondencia clara en los resultados, se debilita la motivación para sostenerlo. En ese punto, algunas personas optan por persistir, mientras que otras ajustan sus expectativas al entorno.

Más que una falla puntual, lo anterior sugiere la existencia de dinámicas que, sin proponérselo de forma explícita, terminan desincentivando el esfuerzo sostenido. No se trata de que el sistema prohíba hacer las cosas bien, sino de que no siempre logra respaldarlas de manera consistente.

Corregir esta situación requiere algo más que nuevos lineamientos. Implica fortalecer la coherencia entre lo que se plantea y lo que se ejecuta: normas claras, aplicación consistente y respaldo efectivo a quienes cumplen. En otras palabras, reducir la distancia entre la intención y la práctica.

¿Es todo esto resultado de fallas acumuladas o responde a dinámicas que se han normalizado con el tiempo? Quizás la pregunta ya no sea solo por qué el sistema presenta estas dificultades, sino qué condiciones permiten que se mantengan.

La autora es profesora de Filosofía.


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