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Apego y trauma: las huellas invisibles que moldean nuestra vida

Apego y trauma: las huellas invisibles que moldean nuestra vida
La necesidad de sentirnos seguros dentro de un vínculo. Tomado de internet

Todos nacemos con necesidades tan básicas como alimentarnos o respirar. Pero existe otra, igual de esencial, de la que se habla menos: la necesidad de sentirnos seguros dentro de un vínculo. Es precisamente en esas primeras relaciones donde nuestro sistema nervioso comienza a aprender si el mundo es un lugar seguro, si nuestras emociones serán comprendidas y si podemos acudir a otros cuando necesitamos ayuda.

El apego es el vínculo emocional que se forma entre los niños y las personas que los cuidan. Lejos de ser un concepto exclusivo de la psicología, constituye uno de los pilares del desarrollo humano, pues influye en la manera en que regulamos nuestras emociones, afrontamos el estrés, nos relacionamos con los demás, desarrollamos nuestra autoestima y construimos nuestra forma de estar en el mundo.

Cuando ese vínculo ofrece protección, sensibilidad y disponibilidad emocional, los niños desarrollan una sensación interna de seguridad. No necesitan cuidadores perfectos; necesitan adultos suficientemente buenos, capaces de acompañarlos cuando sienten miedo, ayudarlos a regular sus emociones y reparar el vínculo cuando, inevitablemente, se equivocan.

Una crianza emocionalmente saludable no consiste en evitar todo malestar, sino en que los niños no tengan que atravesarlo solos. Sin embargo, no todos los pequeños crecen en estas condiciones. Algunos viven experiencias de negligencia, violencia o abuso. Otros crecen en hogares marcados por la enfermedad mental, el consumo de sustancias, las pérdidas importantes o los conflictos constantes.

Pero hay otra forma de sufrimiento, mucho más silenciosa, que suele pasar desapercibida: un dolor que no nace de lo que ocurrió, sino de aquello que hizo falta. Porque, en ocasiones, lo que más nos marca es precisamente aquello que nunca ocurrió: el abrazo que nunca llegó, las palabras de consuelo que nadie dijo, el adulto que necesitábamos y no estuvo disponible.

En psicología sabemos que las ausencias también dejan huellas. A veces, aquello que un niño necesitaba desesperadamente y nunca recibió puede ser tan significativo como un acontecimiento doloroso. No sentirse visto, protegido o comprendido puede influir profundamente en la manera en que aprende a verse a sí mismo y a sentirse seguro en el mundo.

Es aquí donde el apego y el trauma comienzan a entrelazarse.

Cuando hablamos de trauma, muchas personas piensan en guerras, accidentes o desastres naturales. Sin embargo, el trauma va mucho más allá de un acontecimiento extremo.

Desde una perspectiva psicológica, entendemos el trauma como la huella que deja una experiencia que sobrepasa nuestra capacidad para afrontarla. No depende únicamente de lo que ocurrió, sino también de cómo fue vivida esa experiencia, de los recursos disponibles en ese momento y, especialmente, de si hubo alguien que ayudara a recuperar la sensación de seguridad.

No siempre es el evento lo que deja la herida más profunda. Muchas veces es la soledad con la que tuvimos que atravesarlo.

En la infancia, estas experiencias tienen un impacto especialmente importante porque el sistema nervioso aún está en pleno desarrollo. Aprende de aquello que experimenta con mayor frecuencia. Si un niño crece sintiéndose protegido, aprende que el mundo puede ser un lugar seguro. Si, por el contrario, crece sintiéndose solo, ignorado o asustado, aprende que mantenerse alerta puede ser la mejor forma de sobrevivir. Y ese aprendizaje puede permanecer durante muchos años.

Por eso, algunas personas viven en un estado constante de alerta, reaccionan con gran intensidad ante situaciones aparentemente pequeñas o encuentran muy difícil relajarse, incluso cuando, objetivamente, están a salvo.

Otras sienten que deben complacer a todo el mundo; les cuesta poner límites, pedir ayuda o confiar en los demás. Estas respuestas no son señales de debilidad ni defectos de personalidad. En muchos casos, fueron estrategias inteligentes que permitieron sobrevivir en un contexto donde no era posible sentirse completamente seguro.

Por eso, quizá la pregunta no sea “¿qué está mal conmigo?”, sino “¿qué vivió mi sistema nervioso para aprender a responder de esta manera?”. Ese cambio de mirada transforma profundamente la forma en que entendemos el sufrimiento humano.

La buena noticia es que el sistema nervioso también puede aprender seguridad. Durante muchos años se creyó que el cerebro quedaba programado para siempre durante la infancia. Hoy, la neurociencia nos ofrece una perspectiva mucho más esperanzadora. Gracias a la neuroplasticidad, sabemos que el sistema nervioso mantiene la capacidad de cambiar a lo largo de toda la vida. Las experiencias difíciles dejan huellas, pero las experiencias de seguridad también: una relación respetuosa, una amistad que nos hace sentir aceptados, un maestro que creyó en nosotros, una pareja con la que podemos sentirnos seguros, un familiar disponible o una psicoterapia basada en evidencia.

Todas ellas pueden convertirse en experiencias reparadoras que ayudan al sistema nervioso a aprender que el peligro ya pasó.

Sanar no significa borrar el pasado. Sanar significa que el pasado ya no condiciona nuestro presente y que es posible desarrollar una mayor sensación de seguridad interna, fortalecer la confianza en uno mismo y construir relaciones más saludables.

Comprender la relación entre el apego y el trauma también nos invita a mirar a los demás con mayor compasión. Detrás de una reacción intensa, de la dificultad para confiar o de una aparente frialdad puede existir una historia que nunca fue vista ni escuchada.

Pero hablar de trauma no significa buscar culpables ni pensar que todo lo explica la infancia. Significa comprender nuestra historia con curiosidad y compasión para entender cómo nuestras experiencias fueron moldeando nuestro sistema nervioso y nuestra manera de relacionarnos.

Cada experiencia nueva de seguridad tiene el potencial de escribir algo diferente allí donde antes solo existía miedo. Nuestro pasado influye en quienes somos, pero no tiene por qué definir quiénes podemos llegar a ser. Porque el sistema nervioso puede aprender el peligro, pero también puede aprender la seguridad dentro de vínculos seguros.

La autora es psicóloga clínica y de la salud. Terapeuta especializada en trauma.


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