Vivimos rodeados de información, pero paradójicamente navegamos con menos claridad que nunca. El problema ya no es acceder al conocimiento, sino interpretarlo en medio de un flujo constante de estímulos que moldean lo que pensamos, sentimos y decidimos. Hoy, buena parte de lo que aprendemos no proviene de una clase, sino de un scroll que avanza incluso cuando nuestra mente necesita detenerse.
Como nutricionista y docente, observo cómo las personas buscan respuestas sobre bienestar, salud o hábitos, pero terminan más confundidas que antes. No es falta de capacidad: es diseño. Las plataformas digitales no fueron creadas para educar, sino para capturar atención. Y cuando el objetivo es retener al usuario, el contenido que más se amplifica no es el más útil, sino el más emocional.
Los algoritmos funcionan como editores invisibles que seleccionan lo que vemos y, muchas veces, lo que creemos saber. Investigaciones recientes en conducta alimentaria y desinformación muestran que la exposición constante a mensajes simplificados o sensacionalistas incrementa la impulsividad y reduce la capacidad de análisis. En otras palabras, la tecnología se adelanta a nuestro pensamiento y nos empuja hacia narrativas que requieren poca reflexión y generan mucha reacción.
A esto se suma algo profundamente humano: No todos contamos con las mismas condiciones para filtrar información. El cansancio, la prisa, la incertidumbre económica o emocional vuelven más difícil detenerse a evaluar la veracidad de un mensaje. Y cuando estamos vulnerables, el algoritmo se convierte en una especie de piloto automático que toma decisiones por nosotros.
Por eso, educar en esta época no puede limitarse a enseñar contenidos. Implica desarrollar la capacidad de pausar entre el estímulo y la respuesta. Preguntarnos qué parte de lo que sentimos nace de nosotros y qué parte es producto de un diseño pensado para influirnos. En un entorno donde la información crece más rápido que nuestra capacidad para procesarla, el verdadero bienestar empieza por recuperar la claridad. Y la claridad nace de aprender a mirar con criterio propio, no con los ojos del algoritmo.
La autora es nutricionista dietista y estudiante de postgrado en Docencia Superior con énfasis en los entornos virtuales del aprendizaje en la Universidad Especializada de las Américas.
