El aprendizaje es un proceso profundamente ligado al desarrollo de la humanidad en sus grandes y pequeñas producciones, en sus complejas organizaciones y conocimientos vitales desarrollados a lo largo de la historia, para bien o para mal de las naciones.
No hay ningún acto, ninguna cultura y ningún individuo o ser viviente que no experimente de alguna forma el aprendizaje, en consecuencia, el desaprender conocimientos, prácticas y actitudes.
Este proceso sencillo, natural y original, se ha convertido en un asunto difícil, antinatural y artificioso, gracias a la educación formal o mejor dicho a la escuela en sus diferentes niveles, desde hace tiempo.
En los centros infantiles en donde se practica el castigo, se controla y se tortura a los niños sometidos a aprendizajes que van en contravía a los hitos del desarrollo y a sus necesidades; acciones que debilitan la curiosidad natural y el ímpetu por aprender de todo, en todo lugar y con todo el mundo alrededor, es decir, la ubicuidad del aprendizaje infantil es ignorada.
La escuela primaria, insufrible, aburrida, represora de la imaginación, la creatividad y el espíritu científico que busca las respuestas a todo, por todo y en todo momento. Saber, preguntar, indagar, examinar, es el deseo del niño, pero esos verbos no aparecen en los objetivos “curriculares”.
La educación media es el cadalso en donde se condena al adolescente a sufrir la indiferencia educativa, el ofensivo castigo a la diferencia, a la diversidad y a la inteligencia “rebelde” del joven.
La educación superior es el prototipo de la ceremonia final de preparación de los conocimientos muertos desconectados de la realidad, del premio al aprendizaje inmutable, a los títulos escritos en piedra.
Al final, en el mundo del trabajo, la preparación que se requiere es inversamente proporcional al previo recorrido. Las habilidades para la vida (HpV) y las competencias digitales y especializadas son necesarias en el mundo laboral.
El reto exige superar las fallidas reuniones, declaraciones, concursos, diagnósticos y mesas de todos los ángulos y colores.
Por ello, es necesario voltear la mirada hacia lo que se hace en los espacios y las aulas de los centros educativos, es allí en donde se condensan las más insidiosas prácticas que atentan contra las potencialidades de los niños y los jóvenes, mientras la sociedad frustrada y cándida enjuaga sus carencias sin exigir el derecho a una educación de calidad.
La autora es docente universitaria
