La alcaldesa de Arraiján, ya sea por ingenuidad o calculada astucia política, podría citar la célebre frase de Cervantes: “Cuando los perros ladran, es porque cabalgamos.” No obstante, actúa como si gobernara una sociedad plenamente organizada, donde el orden, la rectitud y el urbanismo fueran normas profundamente arraigadas en el espíritu colectivo de su comunidad. La realidad, sin embargo, dista mucho de ese ideal. Hoy, Arraiján compite con otros municipios en niveles de desorden y anarquía. Su reciente decreto ha sacudido las bases del caos predominante, revelando un problema sistémico en todo el país que exige atención urgente.
En un ambiente anárquico, nadie quiere orden; cada quien busca aprovechar el desorden para sacar ventaja, actuando bajo el lema de “río revuelto, ganancia de pescadores”. Esto se refleja en los actos cotidianos: uno se apropia de las servidumbres, otro arroja caliche en los parques públicos, y otro deja a su perro atropellado en un lote baldío. Algunos transforman sus casas en cantinas improvisadas, mientras otros montan kioscos ilegales en las aceras, bloqueando el paso. Incluso hay quienes cierran calles como si fueran propias o descargan aguas negras al río comunitario. Todo esto refleja un egoísmo social que hiere profundamente el bienestar común.
Este panorama de anarquía se ha vuelto tan cotidiano que pareciera normalizado en Arraiján. Tirar un chicle a la calle parece casi un acto de urbanidad si se compara con las barbaridades que ocurren al lado: basura arrojada en lotes baldíos, escombros bloqueando calles, o aguas negras contaminando ríos. Los parques infantiles son invadidos por residuos tras fiestas clandestinas, mientras las áreas verdes se convierten en basureros improvisados. Incluso animales muertos y muebles viejos son abandonados en espacios públicos. En este contexto, los actos insignificantes parecen menores junto a estas prácticas brutales.
No cabe duda de que todo debe ser regulado para aspirar a una sociedad más respetuosa. Sin embargo, el objetivo no debería ser depender eternamente de la fuerza de la ley, sino construir un sentido de responsabilidad ciudadana. Esto requiere un cambio cultural profundo. Si no educamos al niño, cosecharemos adultos irresponsables que perpetuarán el desorden. La educación formal y comunitaria es clave para transformar estas dinámicas.
El reciente decreto municipal, más allá de sus intenciones, evidencia el caos que domina Arraiján, un problema que la alcaldesa ha heredado. Los correctivos necesarios deben implementarse gradualmente, pero sin dilaciones, ya que cada día que pasa sin medidas concretas deteriora aún más la calidad de vida de los ciudadanos. Arraiján necesita urgentemente orden para superar la anarquía que ha empeorado la vida de sus habitantes durante las últimas tres décadas.
Sin embargo, este caos urbanístico no es fruto del azar. Es el resultado de décadas de desidia política. La situación de Arraiján, y de Panamá Oeste en general, es un regalo envenenado de una clase política que ha priorizado la expansión descontrolada sin planificar infraestructura adecuada ni normas coherentes.
No debe normalizarse la anarquía; debe normalizarse el orden, el respeto y la urbanidad. Solo así se podrá aspirar a una mejor calidad de vida. Arraiján es un microcosmos de lo que ocurre cuando la anarquía prevalece. Cuando una sociedad no respeta las normas mínimas de convivencia, cava su propia tumba de bienestar.
Es momento de preguntarnos: ¿queremos seguir por ese camino? La convivencia no es un lujo, sino el cimiento que sostiene a cualquier sociedad que aspire a un futuro mejor.
El autor es biólogo.