Arraiján es el distrito más poblado de la provincia de Panamá Oeste; sin embargo, transitar por las calles de sus corregimientos se ha convertido en un desafío diario, que evidencia una cicatriz en el colapso de su infraestructura vial. Esta falta de mantenimiento se percibe en el deterioro constante de los vehículos; una situación que agota la paciencia de los residentes y golpea directamente su economía.
Detrás de las grandes avenidas, las calles internas que conectan a las barriadas y sus comunidades rurales se encuentran en un estado de decadencia que transforma la movilidad en una carrera de obstáculos. Entre todos los corregimientos con mayores afectaciones, Burunga se consolida como la zona cero de este colapso vial. Este sector, caracterizado por su relieve escarpado y un crecimiento demográfico exponencial, presenta una desmejora en sus calles que, como testifican residentes de áreas como Vía Cerro Castillo, La Alameda y Nueva Jerusalén, llevan mucho tiempo en espera de una solución concreta.
Las lluvias constantes empeoran la situación debido a que las escorrentías de agua transforman baches en auténticas lagunas que ocultan el peligro a los conductores.
Puntos críticos dentro del corregimiento sufren constantemente hundimientos de tierra y colapsos de tuberías, haciendo que transitar no solo sea incómodo, sino peligroso.
Sin embargo, este olvido a las calles no es exclusivo de Burunga, pues al observar el distrito en un panorama macro, otros corregimientos replican este mismo escenario de desatención. Por ejemplo, Vista Alegre y Vacamonte, a pesar de albergar importantes zonas comerciales y una enorme mancha urbana residencial, sufren por el colapso de accesos como las avenidas de barriadas tradicionales como La Constancia, donde sus residentes se enfrentan diariamente a grietas profundas y al deterioro crónico de las vías alternas.
Por otro lado, en Juan Demóstenes Arosemena, áreas como Cerro Tigre, Alto de Nuevo Arraiján y Valle Hermoso reportan calles convertidas en caminos de piedra y tierra suelta donde el asfalto original ha desaparecido casi por completo; una situación que se replica en Cerro Silvestre, donde en sectores como Nuevo Chorrillo, los Ocueños y Princesa Mía 1 y 3 las zanjas en medio de la calle obligan a los conductores a maniobrar para no destrozar sus carros.
El punto focal de esta problemática radica en una combinación de factores que van desde la falta de sistemas de drenaje pluvial eficientes, rupturas constantes en el sistema de tuberías por caducidad de su vida útil, la gran demanda vehicular y hasta parches viales que actúan como paliativos temporales en lugar de rehabilitaciones integrales.
Para dar una posible solución y estructurar una solución definitiva, es indispensable que los nuevos planes de inversión incluyan el diseño técnico de cunetas capaces de canalizar las aguas pluviales, la estabilización de los terrenos en las pendientes más pronunciadas del distrito, dar mantenimiento preventivo al sistema de tuberías y una planificación urbana adaptada al flujo vehicular real.
El impacto social de estas calles deterioradas es profundo, pues afecta directamente la economía familiar por los altos costos de reparación, recordándonos que para los arraijaneños el desarrollo de su distrito no se mide solamente en la vistosidad de los megaproyectos periféricos, sino también en la calidad de sus calles y avenidas, las cuales representan su conexión diaria a la hora de salir de sus residencias.
A pesar de este panorama, este gran desafío abre una oportunidad para demostrar la resiliencia de Arraiján y sus comunidades, transformando su infraestructura comunitaria con una visión firme hacia el futuro. La ejecución de soluciones viales definitivas y bien planificadas no solo devolverá el bienestar económico y la tranquilidad a los hogares, sino que revitalizará el comercio local y asegurará que el progreso llegue de forma equitativa a cada hogar.
El autor es estudiante de la Maestría en Ordenamiento Territorial para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Panamá.
