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Aulas en crisis: cuando corregir se convirtió en un problema

Aulas en crisis: cuando corregir se convirtió en un problema
Estudiantes en un aula de un colegio público

Hay algo profundamente preocupante en la educación actual, y no se trata únicamente de las bajas calificaciones, la infraestructura deficiente o los constantes discursos sobre transformación educativa. La verdadera crisis aparece en situaciones mucho más simples y cotidianas: un docente agotado intentando desarrollar una clase mientras invierte más tiempo en recuperar la atención del grupo que en enseñar.

En muchas aulas, explicar un tema completo sin interrupciones se ha convertido casi en un privilegio. Conversaciones paralelas, estudiantes distraídos permanentemente por estímulos externos, burlas hacia las normas básicas de convivencia y una creciente resistencia a aceptar correcciones forman parte de una realidad que numerosos docentes enfrentan a diario. El problema no es la existencia de estudiantes difíciles; eso siempre ha existido. Lo preocupante es que ciertas conductas comienzan a normalizarse hasta parecer inevitables.

Durante años se confundió la autoridad con el abuso y la disciplina con la represión. Y aunque era necesario cuestionar prácticas autoritarias del pasado, en muchos espacios también se debilitó la capacidad legítima de establecer límites. Corregir dejó de percibirse como parte del proceso educativo y comenzó, en ocasiones, a interpretarse automáticamente como agresión, intolerancia o persecución.

El resultado ha sido un aula donde algunos docentes trabajan bajo tensión constante: si intervienen demasiado, son cuestionados; si no intervienen, el desorden termina imponiéndose. Así, enseñar deja de ser únicamente una labor académica y se convierte también en un esfuerzo permanente por sostener condiciones mínimas de convivencia.

A esto se suma una realidad incómoda: la escuela ya no compite únicamente contra la apatía tradicional del estudiante, sino también contra una cultura de distracción inmediata. La sobreestimulación digital, la necesidad constante de entretenimiento y la pérdida progresiva de hábitos de atención han transformado profundamente la dinámica educativa. Concentrarse, escuchar y respetar turnos —habilidades básicas para aprender— parecen exigir cada vez más esfuerzo.

Por supuesto, existen familias comprometidas que acompañan, orientan y colaboran activamente en la formación de sus hijos. Sin embargo, también sería ingenuo negar que algunos adultos han trasladado casi toda la responsabilidad formativa a la escuela, mientras cuestionan cualquier consecuencia aplicada dentro del aula. De esta manera, el docente queda atrapado entre estudiantes que desafían normas y adultos que debilitan la autoridad necesaria para hacerlas cumplir.

La consecuencia de esta crisis no es únicamente académica. Una sociedad donde las reglas pierden legitimidad dentro del aula difícilmente fortalecerá ciudadanos capaces de convivir con responsabilidad fuera de ella. La escuela no crea todos los problemas sociales, pero sí refleja muchos de ellos. Y quizá allí radique una de las verdades más incómodas de nuestro tiempo: el deterioro del respeto en las aulas no comienza en la escuela; comienza en la normalización social de la indiferencia, la inmediatez y la falta de límites.

Defender la necesidad de corregir no significa justificar humillaciones, violencia o autoritarismo. Significa reconocer que educar también implica orientar, señalar errores y establecer consecuencias razonables. Una sociedad que desautoriza constantemente al docente no elimina la autoridad; simplemente la reemplaza por el desorden.

La solución no consiste en regresar al miedo, sino en recuperar la coherencia: coherencia entre lo que las familias exigen y lo que practican; entre los reglamentos y su aplicación; entre los discursos sobre calidad educativa y el respaldo real hacia quienes enseñan.

A pesar de todo, todavía existen docentes, familias y estudiantes que creen en el respeto mutuo, la responsabilidad y la educación con sentido humano. Tal vez parezcan minoría en medio del ruido, pero son precisamente ellos quienes sostienen lo poco que aún funciona. Porque educar, en tiempos donde todo parece negociable, se ha convertido silenciosamente en un acto de resistencia.

La autora es profesora de filosofía.


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