La región de Azuero, conformada por las provincias de Herrera y Los Santos, no atraviesa una crisis coyuntural ni un simple retraso en su desarrollo. Lo que vive Azuero es el resultado de una exclusión estructural prolongada, sostenida por décadas de centralismo, abandono institucional y una clase política local y nacional que ha normalizado el estancamiento. Los problemas no son nuevos, ni desconocidos, ni técnicos: son políticos y estructurales.
Azuero ha perdido el peso político que alguna vez tuvo en la toma de decisiones nacionales. Hoy la región no incide en la agenda del país, no define prioridades presupuestarias ni condiciona políticas públicas. Su representación es débil, fragmentada y subordinada a intereses externos. Esta pérdida de influencia ha permitido que se repitan los mismos patrones de abandono sin consecuencias para quienes gobiernan. Azuero dejó de ser un actor político relevante y pasó a ser un territorio administrado desde la distancia.
La ausencia de infraestructura estratégica es una de las expresiones más claras de este abandono. Azuero no cuenta con puertos comerciales, zonas francas, parques industriales ni plataformas logísticas. No existe infraestructura diseñada para integrar la región a las cadenas productivas nacionales o internacionales. Comercializar hacia otras provincias implica mayores costos, reduce la competitividad y obliga a los productores locales a depender de intermediarios. Esta falta de integración no es casual: el modelo económico de Panamá se ha concentrado en el área metropolitana y Colón, mientras el crecimiento del resto del país depende de transferencias del gobierno central, lo que mantiene a Azuero marginada del desarrollo productivo.
Las carreteras reflejan el mismo patrón. La red vial es prácticamente la misma de hace décadas, con vías estrechas, escasas rutas alternas y caminos rurales en estado crítico. No existen corredores logísticos modernos ni conexiones eficientes con los principales centros económicos del país. El desarrollo no transita por carreteras obsoletas, y Azuero permanece aislada física y económicamente, sin capacidad real para atraer inversión o dinamizar su economía.
La crisis ambiental agrava la situación. Azuero enfrenta una escasez crónica de agua que supera los nueve meses continuos, afectando a comunidades que dependen de camiones cisterna. Los ríos son estacionales, los acuíferos están sobreexplotados y las sequías se intensifican con el cambio climático. A esto se suma una deforestación histórica vinculada a la ganadería extensiva, que ha reducido drásticamente el bosque seco tropical y acelerado la degradación del suelo. La contaminación de ríos y tierras por agroquímicos y residuos ganaderos, junto con la falta de plantas de tratamiento de aguas residuales, completa un panorama ambiental crítico ignorado sistemáticamente.
En el plano económico, la región permanece anclada en un modelo productivo del pasado. La dependencia de la ganadería extensiva, vulnerable a las sequías y ambientalmente frágil, limita el crecimiento. La agricultura es poco diversificada, con escasa innovación tecnológica y apoyo técnico insuficiente. No existe una estrategia de industrialización ni de transformación de productos locales que genere valor agregado y empleo de calidad. La pobreza rural persiste, los ingresos son inestables y las oportunidades fuera del sector primario son limitadas, lo que impulsa la migración juvenil.
Los servicios públicos no compensan esta situación. El acceso a la salud es restringido, con hospitales saturados, déficit de especialistas y traslados frecuentes a la capital. En educación, las escuelas rurales carecen de recursos, la deserción es elevada y la oferta técnica y superior resulta insuficiente para retener talento. La conectividad digital es deficiente, ampliando la brecha educativa y productiva y excluyendo a comunidades de la economía del conocimiento.
Todo esto ocurre en un contexto de centralismo y mala gobernanza. Las decisiones sobre Azuero se toman desde la capital, sin participación territorial efectiva. No existe planificación seria del uso del suelo ni políticas coherentes de adaptación al cambio climático. A ello se suma un clientelismo persistente, con los mismos liderazgos repitiéndose elección tras elección. Los proyectos se diseñan para ganar votos, no para transformar la región, y carecen de continuidad y rendición de cuentas.
La cultura y el folclor, lejos de aprovecharse como motor estratégico de desarrollo, han sido instrumentalizados como identidad simbólica sin traducirse en inversión estructural. Azuero es presentada como la “cuna del folclor”, pero esa narrativa no se traduce en beneficios sostenibles para las comunidades ni en una política turística integral. El turismo es limitado, con infraestructura insuficiente y beneficios concentrados.
Los problemas son conocidos. No faltan diagnósticos, faltan decisiones estructurales. Azuero necesita infraestructura estratégica, gestión sostenible del agua, diversificación productiva, industrialización, planificación territorial y una ruptura con el centralismo. Necesita recuperar peso político, fortalecer su representación y romper con el ciclo de liderazgos que han administrado el estancamiento durante décadas.
Azuero no está rezagada por falta de recursos ni de gente trabajadora. Está condicionada por un modelo que la excluye y por una política que se repite. Mientras no se enfrente esta realidad con reformas estructurales y liderazgo renovado, la región seguirá siendo administrada, pero no desarrollada.
El autor es docente, investigador y doctor en Derecho.


