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Báilame ese trompo en la uña

Báilame ese trompo en la uña

La expresión es aplicable cuando algo resulta muy difícil de creer o cuesta mucho aceptar que tal evento pueda darse. En el caso de Panamá, si bien existe un viejo adagio, casi convertido en postulado, que nos recuerda que en política todo es posible, no menos cierto es que, cuando se anda por allí pregonando principios y valores supuestamente indispensables para hacer la diferencia y pavimentar “otro camino” que nos pueda conducir a todos a dignificar y adecentar la manera tradicional de hacer política en nuestro país, resulta frustrante tener que enfrentar, como panameño, la realidad cruda y dura que, en tal sentido, se infiere sin mucho esfuerzo de lo ocurrido recientemente.

Me refiero concretamente a la respuesta dada por el señor Ricardo Alberto Lombana cuando, hace un par de días, en una entrevista, le preguntaron por una eventual reunión con Ricardo Martinelli Berrocal, a raíz del guiño que este le hizo al decir que “en 2029 un Ricardo Alberto será presidente”. Lombana, con la velada intención de corresponder y tender un puente o acercamiento político entre el condenado por corrupción y blanqueo de capitales, actualmente residente en Colombia, y su persona, dijo al respecto lo siguiente: “Yo no me voy a negar a conversar con nadie. No me voy a negar a darle la mano a nadie de cara a las elecciones de 2029, pues mi objetivo es llegar a ser mandatario de Panamá”.

Esta es una de esas verdades ocultas que a veces duele comprobar, pero que, viéndolo bien, nos permite ahorrar muchas decepciones a futuro. Es, sin duda, una señal de alerta que nos obliga a afinar mejor el lápiz, tomando en cuenta que, en el caso del señor Lombana, no se trata de un adolescente o de un político bisoño a quien se le pueda perdonar o dejar pasar un desliz de semejantes implicaciones. Además, es reincidente si recordamos que ya vivió un episodio semejante durante el período preelectoral de 2023, cuando, luego de un efusivo estrechón de manos con Martinelli, dijo que, además de llamarse igual, “nos une el hecho de que ambos queremos lo mejor para este país”.

Posturas, cálculos y ambiciones políticas como estas, si no fuera porque generan una profunda tristeza, moverían a risa. No pude contenerla, por ejemplo, al escuchar otro caso que mencionaré de pasada. Ocurre que, en una reciente gira de promoción de su partido por todo el país, la señora Balbina Herrera y el diputado Benicio Robinson lograron motivar y emocionar a sus copartidarios, generando aplausos y vítores, con la consigna de que “en 2029 el PRD llegará al poder para acabar con la corrupción”. ¡Plop!

En fin, no cabe duda de que el manual maquiavélico para hacer política sigue vigente. Un manual en el que la moral es un lastre y la efectividad para llegar al poder constituye la única brújula.

El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, no es solo un libro más. Es un manual de consignas que refleja la naturaleza del poder, dispuesto siempre a sacrificar la ética y los principios fundamentales en el altar de la estabilidad propia y de la consecución del poder.

Repasemos algunos capítulos de este manual, cosa que al parecer ya hizo el señor Lombana, de quien hoy nos ocupamos. “Un príncipe prudente debe buscar el apoyo de los más ricos y poderosos” (capítulo IX). ¿Qué les parece este otro?: “Un príncipe no debe preocuparse por la reputación de los malos si, unido a ellos, consigue su propósito” (capítulo XVII).

Paradójicamente, la crudeza descarnada de esta obra la convirtió en un clásico, admirado incluso por los humanistas del siglo XVI, para luego ser maldecido en los siglos posteriores por una clase política renovada que, a escondidas, lo ha seguido utilizando, aunque reniegue de él. Pese a todo, se trata de un buen libro, porque nos permite entender mejor que, en política, “todos muestran quiénes son; solo es cuestión de tiempo”.

El autor es pintor y escritor.


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