A los 15 años, cuando cursaba cuarto año de secundaria en el Colegio Javier, despertó en mí el interés por los bailecitos y las reuniones con muchachas.
Por esa época llegó a Panamá una instructora de baile norteamericana llamada Lona Sears, que se puso muy de moda entre los padres de los adolescentes. Decenas asistíamos a sus clases de baile y buenos modales, dictadas en el recién inaugurado Hotel El Panamá. Allí conocí a varias muchachas y también a estudiantes del Colegio La Salle, el otro colegio católico de la época.
Mi madre y varias de sus amigas consideraron importante que participara en reuniones sociales con jóvenes de mi edad y organizaron encuentros bailables en la residencia del Dr. Antonio González Revilla, donde vivía su hija Quetita, contemporánea mía. De esas reuniones recuerdo a Antonieta Alfaro, Ana Elena Sosa, Julieta De León y a la propia Quetita.
Con las clases de Lona Sears y las prácticas en casa de Quetita ya estaba listo para asistir a los bailes de 15 años, muy populares entonces. Se celebraban en el Club Unión, en el Salón Bella Vista del Hotel El Panamá, en El Ateneo de Ciencia y Arte y en residencias particulares. Eran bailes formales y las muchachas asistían muy engalanadas y perfumadas. La experiencia de bailar “Mejilla con mejilla” o “Pegado” resultaba difícil de entender en un tiempo en que se monitoreaban estrictamente las relaciones entre adolescentes, al punto de que estudiábamos en colegios separados los varones y las muchachas.
En varios de estos bailes tocó el célebre organista y compositor Lucho Azcárraga, acompañado por sus hijos Frank (saxofonista) y Chipi (percusión). Lucho interpretaba música alegre y, cuando el ritmo se ponía más movido, organizábamos trencitos que recorrían la pista con entusiasmo. Otra modalidad era cuando tocaba “La Raspa”, que ponía a todos en movimiento. Si una pareja destacaba por su destreza, formábamos una rueda para admirarlos.
Asistir a un baile de 15 años donde tocara Lucho Azcárraga era una experiencia inolvidable. Algunos nos acercábamos a verlo manejar el teclado del órgano y, al conversar con él, descubríamos su gran sentido del humor, siempre con comentarios jocosos.
También se organizaban bailes más informales en residencias particulares, usando el sistema de “Pasa la voz”. Esto originó el fenómeno de “los paracaidistas”: muchachos que llegaban sin invitación ni conocer a los dueños de la fiesta, a ver cómo les iba. Con el tiempo esta costumbre se salió de control y hubo casos de peleas entre invitados y extraños. Por ello, los padres comenzaron a sentarse en la entrada con una lista para verificar quién podía entrar. Si el nombre no estaba en la lista, llamaban al adolescente anfitrión para decidir si se permitía el ingreso.
En estas fiestas se consumía whisky o scotch, a diferencia de la actualidad, donde predominan otros licores como ron, seco o ginebra.
Justo cuando comenzó mi interés por las fiestecitas surgió el ritmo del cha cha chá. Entre los jóvenes causó furor y las muchachas disfrutaban los saltitos característicos. Los cha cha chás más populares entre mi generación fueron “El bodeguero”, “Los marcianos” y “Me lo dijo Adela”.
Además de Lucho Azcárraga y del cha cha chá, se bailaba mambo, popularizado por Dámaso Pérez Prado. También irrumpió el rock and roll, con Elvis Presley, Bill Haley, Little Richard y otros músicos. Mi generación creció escuchando música alegre.
La vida de Lucho Azcárraga merece una referencia especial. A los seis años contrajo polio en la pierna izquierda, lo que le dejó una cojera permanente. A pesar de ello, desde muy joven se destacó en la música. En tiempos de cine mudo tocaba el piano en los intermedios de los cines Cecilia, El Dorado y Amador, cobrando un dólar por función.
Lucho fue músico activo desde temprano. Tocó en el antiguo Club Miramar con el cantante Miguelito Valdés, conocido como Mr. Babalú, como relata Luis Celerier en su obra Bits and pieces of the history of Panama. También tocó en el Club Unión y en jardines como El Rancho. Su talento lo hizo muy conocido en la Zona del Canal y en Estados Unidos, país que visitaba con frecuencia por compromisos musicales.
Viajaba como músico de planta en el barco Cristóbal, que hacía la ruta Panamá–Nueva York transportando empleados de la Compañía del Canal y a sus familias. El ambiente en el barco era festivo, animado por la música de Lucho y su conjunto.
Una anécdota notable: cuando el general Dwight Eisenhower visitó Panamá, fue invitado a una fiesta en el Club Unión donde tocaba Lucho. Ante la pregunta de qué canción quería escuchar, Eisenhower pidió una melodía que Lucho no conocía. Lucho le pidió tararearla y, gracias a su talento, logró interpretarla, impresionando al general.
Por sus viajes y trayectoria, Lucho Azcárraga se convirtió en el músico panameño más conocido en el exterior, distinción que mantiene hasta hoy, quizá igualada únicamente por Danilo Pérez.
Varias piezas que interpretaba eran composiciones de Ricardo Fábrega, en ritmos de bolero y tamborera, muchas de ellas cantadas por Silvia De Grasse y que hoy forman parte de la historia musical panameña.
Panamá también se ha destacado por la calidad de sus organistas: Avelino Muñoz, Toby Muñoz, Mario Fábrega, Ramón “Tito” Mouynes, Chacho de la Rosa y Frank Preto, entre otros.
Lucho Azcárraga dedicó su vida a la música, especialmente al órgano. Desde los 12 años, cuando comenzó a tocar en los cines, hasta su muerte en 1996. Recibió las condecoraciones Vasco Núñez de Balboa y Manuel Amador Guerrero.
Entre sus grabaciones destacan:
Alegría en Panamá
Bailando en Panamá
Carnaval de oro en Panamá
Carnaval en Panamá
El nuevo Panamá fiesta
Golden anniversary Panama Canal Society
Lindo Panamá
Lucho en Perú
Melodías tropicales
Mi Panamá
Noche en Panamá
Panamá
Panamá fiesta
Panamá típico
Panamá presenta
Recuerde Panamá
Siesta en Panamá
El autor abogado.

