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Sábado Picante: Bananos en la ciudad de los rascacielos

Sábado Picante: Bananos en la ciudad de los rascacielos
Sede de la Corte Suprema de Justicia. LP/Isaac Ortega

Esta ha sido de las peores semanas de los últimos meses. No sé ni por dónde empezar. Veamos este hecho, que no ha pasado inadvertido: la elección del nuevo subcontralor, Omar Castillo, prenda que hará perfecta mancuerna con el contralor, Bolo Flores. Nada bueno —especialmente en materia electoral— ha salido en redes de este señor. Y como van las cosas, no dudo que alguien meta sus manos para salvarle el pellejo, como, por ejemplo, se ha hecho con un caso contra el alcalde de la capital, investigado por la Fiscalía Electoral por donaciones irregulares, caso que prescribiría este fin de semana. O la absolución de 185 acusados en el caso de las indemnizaciones de los diablos rojos —fallo conocido esta semana— que beneficia a políticos y funcionarios actuales y pasados, como Roberto Moreno Olivares, Juan Pablo Mora, Ricardo Fábrega y Ventura Vega.

Un fallo de la Corte Suprema de Justicia, que se conoció a finales de esta semana, declaró inconstitucional el contrato de la empresa Panama Ports Company (PPC). No se había secado la tinta de la firma de los magistrados en la sentencia cuando el Gobierno salió a informar de un plan para mantener la operación de los puertos de Balboa y Cristóbal, sin ninguna posibilidad de negociación con PPC, lo cual está bien, pues se trata de una sentencia que anuló el contrato, pero me pregunto ¿por qué se descartó una negociación con Hutchison, pero no con la minera First Quantum? Quisiera entender la lógica de esta decisión. Nos vendrán algunas demandas multimillonarias y problemas diplomáticos con una potencia mundial (China), por lo que insisto: ¿Cuál es la lógica de negociar con uno y no con el otro?

Paralelamente, esta semana, los magistrados decidieron mantener en secreto la identidad de los beneficiarios finales de las empresas contratistas del Estado, lo cual es una perfecta sinvergüenzura. Así, estos “honorables” magistrados se convierten en cómplices de la corrupción de políticos que ya no quieren $5 millones en coima, sino el 15% de la empresa víctima de su codicia. Entonces, ¿para qué pagarles a los magistrados $14 mil al mes, si esa cantidad apenas satisface sus exigentes gustos culinarios? Quizás pensarían en integridad si sus ingresos sumaran $2 millones al mes, pero ni así estaríamos seguros de ello, porque es que para ellos ya no hay límites.

Esa clase de codicia es la que, según auditores y fiscales, tiene ahora a Gaby Carrizo encerrado en su cárcel de oro. El exvicepresidente deberá demostrar el origen del “poquito” dinero y bienes que le encontraron y que son la causa de acusaciones de supuesto enriquecimiento ilícito. Así dio comienzo esta semana, con el ridículo espectáculo de un político de cerebro extirpado que se hizo filmar –como si no lo hubiese planeado él– para apelar a la compasión e indulgencia social proyectándose como padre inmaculado.

Fue una idea desquiciada, ya que públicamente arrastra a sus hijos a su propia desgracia, como si tuvieran algo que ver con su carencia de juicio, en lugar de protegerlos del escándalo que supone ser el centro de una investigación por el supuesto robo de recursos del Estado. Ni María ni Jesús se salvaron de su torpeza, que, según él, son sus abogados. Seguramente necesitará de toda su divinidad para que lo libren de todo mal.

Por último, el presidente Mulino, al tiempo que se celebra en Panamá el más importante juicio por corrupción de la historia —el caso Odebrecht— condecoró con la orden Manuel Amador Guerrero al presidente Lula da Silva, quien estuvo preso en su natal Brasil por el caso Lava Jato, en el que también fueron investigados los sobornos de Odebrecht. Es la segunda vez que el gobernante impone esta condecoración a polémicos políticos extranjeros. La primera vez fue en agosto pasado, cuando se la dio al presidente tico, Rodrigo Chávez, execrable personaje, intolerante y protagonista de incontables escándalos en su país.

Panamá camina dando saltitos de gusto y alegría a su autodestrucción con casos como estos, en los que los menos idóneos y los más controvertidos son los que gobiernan y controlan. Es por la basura gubernamental que nos miran con escepticismo, porque, lejos de proyectarnos como una nación seria y digna, somos una pobre caricatura de país, en cuya capital se yerguen rascacielos que hacen que los racimos de banano estén más altos, pero república bananera, al fin y al cabo.


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