En Panamá se ha enquistado una cultura del “no a todo” que amenaza con sofocar cualquier esperanza de desarrollo, progreso o bienestar colectivo. Grupos organizados, disfrazados de ambientalistas, defensores de causas sociales o portavoces ideológicos, han hecho de la oposición sistemática su principal estrategia. Se oponen a construir el embalse de río Indio, sin proponer soluciones reales al problema del agua del Canal, ni al futuro de las comunidades colindantes. Se opusieron a la ley de seguros, a la construcción del puerto de Barú, y se oponen a cualquier proyecto que implique inversión, infraestructura o integración nacional.
Esta conducta no es ingenua ni accidental: responde a intereses creados que no quieren ver a Panamá convertido en un país próspero y competitivo. Bajo la excusa de defender al pueblo, lo condenan al atraso. Bajo el disfraz de participación ciudadana, imponen agendas ideológicas minoritarias.
Yo viví en Singapur cuando era un país pobre. Hoy, Singapur es uno de los países más ricos y avanzados del mundo. ¿Por qué? Porque hubo voluntad, visión de Estado y ciudadanía comprometida con el futuro. No se dejaron paralizar por el miedo ni por los saboteadores del progreso.
Panamá tiene todo para ser una potencia logística, comercial y humana. Nuestra posición geográfica, que une dos océanos y dos continentes, es una joya que pocos países poseen. Pero si no la usamos con inteligencia, visión y decisión, otros lo harán por nosotros.
El gobierno debe actuar con firmeza, los ciudadanos deben exigir grandeza y los periodistas deben narrar con responsabilidad. Este país no puede seguir atrapado por los “Mister No” que sabotean el desarrollo. Es hora de decir sí. Sí al agua, sí a la energía, sí a la educación, sí al empleo digno, sí al desarrollo integral.
Panamá puede, Panamá merece. Y depende de todos nosotros liberar su destino.
El autor es exdirector de La Prensa

