Como últimamente se ha estado escribiendo sobre la batalla del puente de Calidonia sin mencionar a los conservadores ni como gobierno ni como ejército ni como partido político ni como los victoriosos en este combate, escribí esta breve narración de la batalla desde un punto de vista más inclusivo para que se conozca mejor lo sucedido.
Las tropas liberales, principalmente mercenarios de Nicaragua y macheteros caucanos, esperaban que los conservadores pelearan a campo traviesa, como habían propuesto sus líderes, quienes consideraban que defender la ciudad desde adentro era encuevarse por temor al ataque.
El ejército conservador, dirigido por el general Carlos Albán, un militar y científico, quien honraba al Ejército colombiano, se preparó para este ataque y dirigiendo la artillería Esteban Huertas, probado artillero en varias batallas, quien había emplazado cañones en diferentes sitios de la ciudad para dirigir el fuego contra los liberales a medida que se fueran acercando.
La batalla comenzó el sábado 26 de julio de 1900 temprano en la mañana. La defensa cañoneó a los asaltantes cuando aún estaban lejos de la ciudad y los fueron diezmando mientras se acercaban porque se sabía por dónde vendrían; pero los liberales, con el ánimo de convertir una humillante y definitiva derrota en una gloriosa pero falsa victoria, hablan como si la batalla entera se hubiera desarrollado al pie del puente de Calidonia en un combate entre el pecho liberal contra el parapeto godo.
La turbamulta liberal se lanzó a la batalla como para saquear la ciudad, con machete en mano y pecho descubierto, buscando el combate cuerpo a cuerpo, tal como estaban acostumbrados en Colombia, dando gritos de guerra, de “Viva el partido liberal” y “Viva Colombia” y confiados en el cuantioso botín que capturarían. No trataron siquiera de sitiar la ciudad, sino que atacaron sin conocer ni haber probado las defensas ni los puntos débiles; no combatieron como un ejército organizado porque no lo eran, combatieron como mercenarios y salteadores que muchos eran; no trataron de penetrar las defensas por ningún otro punto ni rodeándolas, no fueron dirigidos en escuadrones que tanteaban el terreno avanzando y retrocediendo porque no tenían estrategas que los dirigieran, nunca se reorganizaron como escuadras de asalto, sino que fueron enviados por oleadas y en masa; atacaron de frente y sin más protección que la confianza en el esperado saqueo que, además de ser la anhelada recompensa, era su única posibilidad de subsistencia porque ya tenían dos días que no les daban alimentos.
Julio César, Napoleón y Ulises Grant enfatizaban en la cantidad de alimentos que sus legionarios debían llevar en las marchas. Los líderes liberales colombianos esperaban que sus tropas se mantuvieran del saqueo a la población civil, tal como hacían en Colombia y como venían haciendo desde su primer desembarque en Punta Burica.
No hubo más de 700 muertos como dicen los liberales, ni todos quedaron tendidos en el campo de batalla frente al puente. Fueron menos de 700 bajas liberales (muertos y heridos) que habían caído por los llanos, los manglares, las playas y las calles, porque hasta allá les llegaron los certeros cañonazos de Huertas, versus 98 bajas conservadoras defendiendo nuestra ciudad.
Además de la tragedia que para un país tan despoblado como Panamá representó esta enorme mortandad, ese día murieron jóvenes liberales hijos de distinguidas familias capitalinas que combatieron por el ideario liberal y en menor cantidad hijos de distinguidas familias conservadoras que defendieron la ciudad.
La asistencia médica la brindaron los cónsules, porque además de la labor humanitaria, a ellos sí les importaba que no se desatara una epidemia en la ciudad, entre los cuales destacaron los cónsules de Chile, Estados Unidos, Francia y del Reino Unido, quienes organizaron ambulancias para recoger a los muertos y a los heridos que los liberales dejaban tirados donde caían.
Esta guerra fue otra fuerte razón para empezar a pensar en llevar a cabo nuestra independencia, independencia concebida, planificada y ejecutada por los próceres de la independencia, todos conservadores menos Carlos Constantino Arosemena, quien, aunque liberal, fue invitado por los conservadores a participar en la gesta de la independencia de Panamá de Colombia.
El autor es economista
