Uno de los proyectos más anhelados por Justo Arosemena, la Biblioteca Popular, logró su fundación el 25 de julio de 1870. En asocio del Dr. Arosemena, padre de nuestra nacionalidad, colaboró a la consecución de ese fin el ingeniero Manuel José Hurtado, padre de la educación panameña.
Arosemena, Hurtado y otros líderes del período federal (1855-1886) practicaban un liberalismo que impulsaba la creación de bibliotecas populares. Dichos principios liberales plantean que todos los individuos y sociedades tienen la posibilidad de progresar infinitamente mediante el ejercicio continuo de la racionalidad y la búsqueda genuina del conocimiento.
La educación es el vehículo más idóneo para promover el mejoramiento individual y colectivo; por ello, la instrucción pública es una de las propuestas fundamentales del liberalismo clásico.
A estas premisas liberales se opone un pensamiento excluyente, según el cual, el saber y la cultura son bienes reservados a las capas superiores de la sociedad.
Los partidarios de la exclusión sostienen que las masas ignorantes no tienen posibilidades de redención cultural o intelectual, por lo que están irremediablemente condenadas a una existencia primitiva. Es, por tanto, absurdo destinar recursos a su edificación. Dichas masas solo merecían una orientación elemental, normalmente de tipo religioso, que recurriera a la superstición y a la amenaza de castigos sobrenaturales para reprimir sus conductas instintivas. Justo Arosemena y Manuel José Hurtado parten de una premisa diferente: que el conocimiento humano debe hacerse disponible a todos a través de la lectura y el acceso gratuito a los libros. De allí el adjetivo “popular” que califica al establecimiento. Sería oportuno averiguar dónde funcionó esa primera biblioteca panameña y, al menos, colocar una placa conmemorativa en el sitio, sobre todo en las proximidades del 150 aniversario de su creación (2020).
Belisario Porras, otro gran liberal panameño, fue por un tiempo su bibliotecario.
Es probable que haya cerrado sus puertas tras la eliminación del Estado Soberano a partir del cambio constitucional de 1886, que puso fin al sistema federal en Colombia.
Seis años más tarde (1892), el gobierno municipal erigió la Biblioteca Colón, la cual operó hasta 1941. En 1917, mediante la Ley #35 se creó una nueva Biblioteca Popular, la cual se trasladó poco después al Instituto Nacional, según lo afirma Guillermo Andreve en su Directorio General de la Ciudad de Panamá (1926).
Finalmente, en 1942 se fundó la Biblioteca Nacional. Sucesora de la Biblioteca Popular y la Biblioteca Colón, la Biblioteca Nacional es un espacio privilegiado, abierto a todos, dedicado a la cultura, la investigación, el estudio y la reflexión, que provee un servicio único en un medio consagrado a la superficialidad, el consumismo, la patanería y el adocenamiento. Su objetivo primordial es difundir el hábito de la lectura, “el pan del espíritu, que los pueblos conscientes de su verdadero destino, no deben descuidar nunca”, como lo apuntó el Dr. Porras en sus Trozos de vida (1931).
La lectura debe ser inculcada desde la más tierna infancia por padres responsables y maestros comprometidos. Horas especiales dedicadas a esta actividad deben instituirse en todas las escuelas y bibliotecas, como medio eficaz para contrarrestar el embrutecimiento masivo que es la tendencia de nuestra época.
El Ministerio de Educación, atrapado en una maraña histórica de mediocridad, burocracia y corrupción, carece de interés por ejecutar proyectos que contribuyan a liberar a la población de las cadenas de la ignorancia y la estulticia. Por eso, la sociedad civil, siguiendo el ejemplo de próceres como Justo Arosemena y Manuel José Hurtado, debe insistir en su implementación. Hay que rescatar las bibliotecas, adecuarlas y destinarlas al provecho de niños y adultos. En muchas partes están desatendidas o abandonadas. Por ejemplo, en Las Tablas—tierra natal del Dr. Porras—la Biblioteca Pública Carlos Laureano López y la Biblioteca Escolar Amanda Rita Céspedes, en la Escuela Presidente Porras, ambas muy desarregladas, deben ser puestas en valor.
Los cretinos creen que el desarrollo se genera a través de la construcción de rascacielos.
El principal camino hacia el desarrollo es la educación y no hay educación sin lectura. Ese es el detalle que a todos los que hoy hablan del “tema educativo” se les olvida, pero que Justo Arosemena y Manuel José Hurtado, fundadores de la Biblioteca Popular en 1870, tenían muy claro.
El autor es politólogo e historiador y director de la maestría en relaciones internacionales en Florida State University, Panamá.

