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El bien común como destino final

El bien común como destino final
El bien común como destino final

El pensamiento liberal clásico afirma que nadie tiene la capacidad de representar nuestros intereses mejor que nosotros mismos. Me atrevo a decir que un gran sector de la población panameña comparte dicha reflexión. No obstante, en nuestro sistema democrático representativo nos vemos obligados, por mandato constitucional, a depositar nuestra confianza por medio del sufragio en ciertos líderes comunitarios. Estos líderes nos garantizan “de boca” , luchar por los intereses colectivos de nuestros barrios, comunidades o circuitos, teniendo siempre como norte el bien común. El bien común, tal y como se expresa en el texto, es un sistema que busca el beneficio de todos los ciudadanos sin poner a unos por encima de otros.

Imaginemos que estamos comprando un pasaje aéreo y que el bien común es el destino final. Tenemos dos principales opciones de aerolíneas o ideologías, que, en teoría, nos permiten llegar a este destino.

La primera y una de las más influyentes en América Latina es la aerolínea del “populismo”. Esta aerolínea se caracteriza por tener un gran rechazo hacia la libertad individual y una importante idolatría por el Estado. El populismo traza su ruta hacia el bien común generando una dependencia del ciudadano al Estado. Esta aerolínea establece que el rol fundamental del Estado es darle sentido a nuestra vida, proporcionándonos todos los recursos necesarios para alcanzar nuestros objetivos. Su estrategia principal de mercadeo es depositar un odio fulminante entre clases, abogando por una redistribución de las riquezas fundada en una obsesión igualitarista. Palabras más, palabras menos, es quitarle a los ricos para darle a los pobres. Todo suena bonito en papel, pero en la práctica nos hemos dado cuenta de que no todo lo que brilla es oro. El populismo actualmente rige en Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua y recientemente en México con el triunfo del presidente Manuel López Obrador. Basta escribir en un buscador como Google “situación actual en” cualquiera de los países que mencioné con anterioridad, y nos daremos cuenta de que el populismo no es la aerolínea más segura.

La segunda aerolínea es la del “liberalismo”, también conocida como “capitalismo”. El liberalismo establece que la búsqueda de los intereses egoístas de los individuos nos llevará al bien común como destino final. Decía Adam Smith, uno sus fundadores: “no es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses”. Contrario al populismo, el liberalismo establece que es “la mano invisible del mercado”, y no el Estado, que hace que toda la sociedad se beneficie. La mano invisible representa metafóricamente la ley de oferta y demanda, que de manera indirecta nos lleva al bien común. La propaganda oficial del liberalismo es laissez faire, que significa dejen hacer. Esta aerolínea considera que la intervención estatal en el mercado es un obstáculo y que menos regulación equivale a más prosperidad. El liberalismo brinda algunas comodidades adicionales para la clase empresarial, pero argumenta que si las empresas prosperan, generarán más empleos y como consecuencia beneficiarán a las clases populares. Esta aerolínea tiene una presencia importante en países desarrollados como Estados Unidos, Australia, Inglaterra, Japón, entre otros. Si bien este modelo ha probado ser exitoso en ocasiones, muchos críticos de la desregularización alegan que es el equivalente a “jugar un partido de fútbol sin árbitro”. Si no se implementa de manera adecuada, se corre el riesgo de que los empresarios viajen en primera mientras que la clase popular quede viajando en la sección de carga.

A menos de un año de las elecciones, debemos analizar de manera cautelosa y racional en qué aerolínea queremos viajar. En el año 98, Venezuela eligió viajar en populismo con Chávez, y cuando el avión comenzó a caer se dieron cuenta de que no había paracaídas para tanta gente. Muchos lograron salvarse, particularmente el piloto y su familia, pero la mayoría se fue de pique con el avión. En 2008, Estados Unidos viajó en capitalismo y fue víctima de una de las crisis financieras más devastadoras de la historia. Si bien hubo otros factores que influyeron en esta crisis, no hay duda de que hubo abuso por parte del sector bancario.

Recordemos que no todo es blanco y negro, también existe el gris. Ningún sistema está exento de riesgos, pero lo ideal sería adoptar un sistema que nos permita alcanzar, de manera sostenible, tanto un desarrollo económico como social. Un balance podría ser la economía social de mercado (ESM) que se rige bajo el principio de “tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario”. La ESM consiste en vincular el principio de la libertad de mercado con el de justicia social. Esto implica ir más allá de la oferta y la demanda, sin despreciarlas, más bien buscando que todos puedan acceder a sus beneficios. Konrad Adenauer, pensador demócrata cristiano, lideró la Alemania de la postguerra bajo estos principios y logró la recuperación económica y social de una de las potencias más grandes del mundo.

El autor es abogado


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