La bioética nació a partir de las inquietudes sobre el desarrollo de la investigación y la tecnología, y de su impacto sobre la sociedad y la vida. Su ejercicio se sustenta en documentos como la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos (Unesco, 2005); las Pautas éticas internacionales para la investigación relacionada con la salud con seres humanos (Cioms 2002, 2016), y la Declaración de Helsinki (Asociación Médica Mundial, 1964).
Estos documentos enfatizan la dignidad de los participantes (obligación de información y respeto de su autonomía a través del consentimiento informado) y la obligación de seguridad y de protección de los grupos vulnerables por su estado biológico (niñez, embarazo, discapacidad, coma) o social (etnia, conducta social, dependientes de cualquier poder absoluto). Su eje transversal es la responsabilidad de quienes investigan hacia los participantes y la sociedad.
Los Comités de Bioética de Investigación (CBI) han sido creados en el ámbito de las investigaciones clínicas para vigilar que los proyectos propuestos respeten estos principios. Frente a insuficiencias, proponen alternativas de corrección y frente a violaciones (hasta el momento muy raras en Panamá), proponen sanciones a los organismos establecidos por la Ley 84/2019. Además, las investigaciones deben ser registradas en una plataforma virtual a cargo del Ministerio de Salud.
Lo dispuesto aún deja de lado múltiples investigaciones en otros campos del conocimiento. Convendría ampliar este registro, agrupando todas las investigaciones en una sola plataforma a cargo de Senacyt como ente rector de la investigación e innovación.
La bioética abarca los intereses de todos los actores involucrados en una problemática específica para buscar alternativas en el marco de valores éticos universales. Ella se asemeja a la democracia en el sentido de que es una construcción con evaluación de los riesgos, beneficios y resultados para avanzar. Introducir otras instancias en el proceso de investigación transforma la revisión ética en un proceso burocrático, que provoca discusiones innecesarias, desmotivación de jóvenes investigadores y desconfianza de la sociedad en la ciencia.
Pareciera que la evolución social tiende hacia un control cada vez mayor sobre personas, grupos y procesos. Al mismo tiempo, se proclama la investigación como un pilar del desarrollo económico. Es necesario dialogar sobre esta contradicción en el marco de la bioética.
La autora es médica, profesora de bioética, exmiembro del CBI-UNESCO, e integrante de Ciencia en Panamá

