[CUBA]

Los bisabuelos de la revolución

El Fidel que apareció el último día del congreso VII Congreso del Partido Comunista es la sombra del caudillo impetuoso que hace más de cinco décadas se paseó victorioso por La Habana.

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La imagen de una persona muy anciana casi siempre enternece. La fragilidad, las manos trémulas, el pelo ralo, las palabras que se arrastran, son signos evidentes de una larga vida que está próxima a su fin. Cuando un hombre o una mujer muy mayor hablan, lo habitual es mostrarle respeto por sus años venerables. Así solemos hacer con los abuelos y las abuelas.

Bien, Fidel Castro apareció el último día del congreso del Partido Comunista Cubano. El individuo que se presentó era la sombra de aquel caudillo impetuoso que hace más de cinco décadas se paseó victorioso por las calles de La Habana junto a sus hombres. A sus casi 90 años no hay rastro del tipo corpulento que se imponía en los partidos de baloncesto, que arengaba durante horas en la plaza de la revolución, que animaba a Kruschev a armar un holocausto nuclear con ojivas que desde la isla apuntaban a Estados Unidos. El gobernante implacable que aplastó a los desafectos, a los disidentes, a los “antisociales”. El hermano mayor de una dinastía que sigue en el poder, llevándose por delante tres generaciones de cubanos que ya no tienen memoria de lo que es el estado de derecho.

El hombre que, con la ayuda de edecanes, se sentó en la clausura de este cónclave podría confundirse con un bisabuelo más de los que se sientan al sol en los parques y juegan con sus bisnietos. Un señor muy mayor al que la dentadura postiza le baila, la voz se le ha aflautado y en sus ratos libres echaría una partida de dominó con sus viejos amigos –presentes en la reunión de camaradas comunistas– quienes también son octogenarios y batallan con las miserias de la vejez.

Pero el exgobernante cubano apenas ha tenido tiempo para la familia, los hijos, los nietos, la vida que discurre con los pequeños placeres y tristezas. Lo suyo ha sido mandar, pisar fuerte con la bota, doblegar, librar guerras, luchar contra el fantasma de imperios, creerse Dios en la tierra. Tal vez por eso en el umbral de sus 90 años, que es la anticipación de la muerte inexorable, su ruina física es mayor que la de muchos ancianos que pasean en la quietud de la tarde. Su desgaste es el reflejo de una vida consagrada a hacer de cancerbero. Ahogar la libertad requiere mucho esfuerzo y grandes maniobras. Al final de su existencia, a Fidel se le sale en el hilo de la voz y de sus dedos extrañamente afilados la esencia de todo su mal.

En la clausura de este congreso que fue el eco de todas las mentiras de una revolución que es una dilatada dictadura, las palabras de Fidel provocaron lágrimas entre no pocos de los asistentes. Hipaba toda su estirpe. Los hombres y mujeres nuevos que nacieron en la jaula y solo conocen el trino domesticado. Cómo no iban a lamentarse, si el “padrecito” todopoderoso, el que lo da y lo quita todo, estaba allí para decir adiós. Con tono sentimental, dijo que a todo el mundo le llega su turno y que los hombres mueren, pero el comunismo cubano es imperecedero. Fidel habló de los dinosaurios como metáfora del carácter fosilizado de él y todos sus comandantes embalsamados en vida.

Raúl, que es cinco minutos más joven que su hermano pero mejor conservado, abrazó a Fidel con el gesto fraterno de quien ha vivido a su sombra y ha elegido perpetuar el encierro, la sucesión, la garantía de que los responsables de la autocracia se mueran en la cama tranquilos. Sin juicios por sus crímenes, sin salidas vergonzantes a lo Erich Honecker en la desaparecida Alemania Oriental, sin tiros de gracia, como sucedió con el matrimonio Ceaucescu en Rumanía. Los represores en Cuba aspiran a muertes plácidas que sorprenden a la hora del sueño, meciéndose en el sillón, bajo una palmera. Nada violento como los ejecutados en el paredón del presidio político, los que sufrieron actos de repudio, los que pasaron por los campos de trabajo forzado, los desterrados. La camarilla de los viejos comandantes se blinda. Luego, que caiga el diluvio.

Fidel Castro, como la Alicia Alonso de la revolución, apareció en el escenario para entonar su canto del cisne. Muchos de sus incondicionales lloraron. Ni se sabe la de lágrimas que este anciano a las puertas de la muerte ha hecho derramar a sus incontables víctimas.

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