La democracia tiene muchos defectos, pero sigue siendo la menos mala de las doctrinas políticas.
Mientras vivamos en un país supuestamente democrático, si el rico no invierte, el pobre no come. Los sindicatos deben defender los derechos de los obreros, pero sin ahogar al empresario, que es quien puede generar empleo y sustento para el trabajador.
Paralizar la nación con bloqueos de vías que afectan la libre circulación, así como con el cierre de escuelas y construcciones, perjudica principalmente al pobre. Somos los pobres quienes nos estamos suicidando. El rico, si pierde su negocio, puede llevar su dinero a otro país donde le rinda más. El pobre, sin trabajo, queda condenado al hambre.
La alternativa a esta democracia corrupta que padecemos no es alentadora: o una dictadura de derechas como la de El Salvador, o de izquierdas como la de Nicaragua. Y no creo que muchos estén dispuestos a mudarse a vivir a alguno de esos países.
El autor es jubilado.
