Hace escasas dos semanas, la noche del 29 de diciembre, por sugerencia y/o por orden de la alcaldesa de Arraiján, Stefany Peñalba, se destruyó el monumento que conmemoraba los 150 años de la presencia china en nuestro país, ubicado a un costado oeste del Puente de las Américas. Se trataba de un monumento construido en 2004 por la comunidad china, que incluía una pagoda, un arco y dos leones de piedra que custodiaban simbólicamente las construcciones del lugar.
La reacción popular no se hizo esperar, incluyendo la del presidente José Raúl Mulino, quien calificó el acto de destrucción como “imperdonable” y solicitó su reconstrucción en el mismo sitio. La comunidad chino-panameña está agradecida por todas estas reacciones espontáneas.
No me encontraba en el país en el momento en que se decidió tal atropello, pero al leerlo en las noticias me vino a la memoria la actitud de los faraones egipcios y de los vencedores romanos, de donde proviene la expresión latina damnatio memoriae, utilizada cuando se ordenaba la eliminación y condena de todo rastro de un personaje o de su memoria: sus imágenes y monumentos. Sin embargo, la historia ha demostrado que estos actos, lejos de borrar el pasado, terminan siendo inútiles.
La motivación última de semejante salvajada no se justifica ni por la situación política que vivimos actualmente en Panamá ni por la inestabilidad democrática del mundo. Tampoco guarda relación con ninguna pretensión de hegemonía sobre el Canal de Panamá, que sirve a todas las naciones.
Resulta imperativo acatar las órdenes presidenciales de reconstruir el monumento, porque este representa al pueblo chino, parte integral e importante de nuestra composición demográfica e histórica. Los chinos originales y sus descendientes hemos convivido en estrecha colaboración en este país. No siempre ha sido una relación exenta de tensiones; ha tenido momentos álgidos, pero la fuerza del vínculo humano ha prevalecido. Hoy, los nombres y apellidos chinos circulan ampliamente en los ámbitos sociales, culturales, económicos y políticos de este país multiétnico y multicultural.
Un pequeño ejemplo personal: soy nieto de un chino que llegó a Panamá, junto con sus dos hermanos, a fines del siglo XIX, y que se casó con una mujer china nacida en el poblado de Matachín. De esa unión nació mi padre, quien creció en una de las Islas de las Perlas (San José), y cuyo padre finalmente se radicó en Jaqué, un pequeño poblado del Darién. Esta es también la historia de cientos de panameños con ancestros chinos que han contribuido, con la ética de su trabajo, sus conocimientos profesionales y su compromiso comunitario, a la construcción de la identidad del ser panameño.
No se diga más: somos panameños-chinos.
El autor es psicólogo clínico y orientalista.

