Cada temporada seca expone una verdad incómoda: Panamá sigue siendo altamente vulnerable a los incendios forestales. Año tras año, las cifras de hectáreas afectadas, la pérdida de biodiversidad y los impactos directos sobre comunidades rurales se repiten con preocupante regularidad. Sin embargo, en medio de este escenario desafiante, existe una fuerza silenciosa que se mantiene firme en la primera línea de defensa de los bosques afectados: las Brigadas Forestales Voluntarias del Ministerio de Ambiente (MiAmbiente).
Estas brigadas representan uno de los ejemplos más claros de cómo la articulación entre el Estado y la ciudadanía puede traducirse en acciones concretas para la protección ambiental. Integradas por voluntarios capacitados por la institución, su labor va mucho más allá del combate directo de incendios forestales. Incluye acciones de prevención, educación ambiental, monitoreo comunitario y vigilancia de los recursos naturales, convirtiéndose en un componente esencial de la gestión ambiental del país.
El valor de las Brigadas Forestales Voluntarias radica tanto en su compromiso como en su estrecha cercanía con el territorio. Al estar conformadas por personas que viven en las comunidades, conocen de primera mano las dinámicas locales, los riesgos recurrentes y las prácticas que, muchas veces por desconocimiento o tradición, terminan provocando incendios. Esta cercanía permite no solo una respuesta más rápida y efectiva ante emergencias, sino también un diálogo directo y permanente con la población, clave para transformar conductas arraigadas como la quema indiscriminada.
En un contexto marcado por los efectos del cambio climático, el trabajo de estas brigadas adquiere una relevancia aún mayor. El aumento de las temperaturas, la prolongación de los períodos secos y la degradación progresiva de los ecosistemas generan condiciones propicias para incendios cada vez más intensos y difíciles de controlar. Frente a esta realidad, la prevención se consolida como la estrategia más eficaz, y las brigadas voluntarias se convierten en protagonistas fundamentales de esa tarea.
El voluntariado, para ser realmente efectivo, requiere planificación, formación continua y un sólido respaldo institucional. En ese sentido, MiAmbiente ha avanzado en la capacitación técnica de los brigadistas, dotándolos de conocimientos en manejo del fuego, seguridad personal, primeros auxilios y coordinación interinstitucional. No obstante, el desafío es permanente. Mantener brigadas equipadas, motivadas y activas exige inversión sostenida y una visión de largo plazo que reconozca su rol estratégico dentro de la política pública ambiental.
El fortalecimiento de estas brigadas no solo reduce el impacto de los incendios forestales, sino que también genera importantes beneficios sociales. Fomenta el liderazgo comunitario, promueve la participación de jóvenes y mujeres, y fortalece el sentido de pertenencia hacia los recursos naturales. Cada brigadista voluntario se convierte en un referente local, en un multiplicador de buenas prácticas ambientales y en un aliado clave del Estado para la protección del patrimonio natural.
A pesar de su relevancia, el trabajo de las Brigadas Forestales Voluntarias del Ministerio de Ambiente enfrenta aún importantes retos. La cobertura territorial sigue siendo insuficiente en algunas regiones del país y la cultura de prevención no está plenamente arraigada en todos los sectores. Superar estos obstáculos requiere no solo del esfuerzo institucional, sino del compromiso activo de gobiernos locales, sector privado, organizaciones sociales y ciudadanía en general.
Reconocer y apoyar a estas brigadas es una responsabilidad colectiva. No se trata únicamente de aplaudir su valentía cuando enfrentan el fuego, sino de respaldar políticas públicas que prioricen la prevención, asignen recursos adecuados y fortalezcan la educación ambiental. Proteger los bosques no es una tarea exclusiva del Ministerio de Ambiente; es un deber compartido que define el tipo de país que queremos construir.
Las Brigadas Forestales Voluntarias de MiAmbiente nos recuerdan que la defensa del ambiente comienza en la comunidad, se fortalece con el Estado y se sostiene con la participación activa de la sociedad. En tiempos de crisis ambiental, su labor no solo es valiosa: es indispensable.
El autor es educador y promotor social.


