Es innegable que en la mesa única de diálogo en Penonomé se ha debatido una serie de asuntos y que se han alcanzado supuestos “consensos” en cuanto a varios de ellos. Pero, ¿cuenta esa discusión con los actores necesarios para consensuar las posiciones relevantes?
Como está planteado, este proceso parece más un soliloquio estéril y huérfano de resultados, que da más importancia a las sábanas que a la enfermedad. Allí brillan por su ausencia los sectores productivos que, a través de impuestos, tendrán que generar la mayoría de los recursos que, tarde o temprano, sufragarán el costo de los millonarios subsidios que se están ofreciendo. Esto es como si en un torneo de fútbol, el campeonato fuera disputado por los fanáticos y los árbitros, y a los jugadores solo les corresponde pagar los costos de la competencia, sin participar. Se habrá jugado un partido, pero no tendrá un resultado útil, porque el sector más importante, que es aquel que tiene que marcar, no está participando.
Hace dos semanas, el 14 de julio, cuando el Ejecutivo instaló una mesa de diálogo en el centro de convenciones de la Ciudad del Saber, estuvieron allí el presidente Cortizo, el arzobispo Ulloa, seis diputados de todas las bancadas y representantes de los transportistas de carga, el Conep y la Cámara de Comercio, Industria y Agricultura, entre otros gremios. Ni uno solo de los protagonistas de las protestas se apareció por ahí; despreciaron aquella iniciativa, porque -según ellos- había “precondiciones” por parte del Gobierno. Cinco días después se instaló la mesa en el centro Cristo Sembrador de la Diócesis de Penonomé, y ya no estaba convidado el sector privado, pero sí estaba presente esta vez las denominadas organizaciones sociales. ¿Acaso la presencia de los gremios empresariales, industriales y de productores solo es buena para adornar actos protocolares y hacerse cargo de la factura que habrá que pagar por decisiones que adoptan sin su participación? Peor aún es que se desinforme a estos sectores, porque una cosa es la que le cuentan los ministros y otra es la que publican en Gaceta.
Verdaderos consensos se podrían obtener si la Iglesia católica hubiera convocado, en un mismo plano, a todos los actores que deben adoptarlos. Pero esa insólita agenda de dos fases, propuesta por quien está supuesto a ejercer el rol de facilitador, es la que parece estar precisamente volviendo a dividir a la población. ¿Cuál fue el propósito al hacer esta separación? ¿Será que la Iglesia no estaba preparada para un diálogo de esta envergadura, y ahora la situación la ha sobrepasado? Por ahora, todo indica que en la primera fase -que todavía transcurre- es donde se tomarán las decisiones y la segunda, una etapa meramente informativa. Así, los que en las últimas semanas impidieron el ejercicio de los derechos fundamentales a millones de ciudadanos, habrán convertido en víctimas a aquellos que no tuvieron ni voz ni voto en este “diálogo”


