Esta semana habíamos decidido acoger sin reservas al espíritu de la Navidad, que es todo paz y amor por los demás, y no ser tan críticos. Pero la horda de diputados que regala sin control alguno las cosas que resultan del despilfarro de fondos del Estado, con el único fin de allanar su camino a las elecciones de 2024, no deja motivos para estar muy felices. Tal vez lo más preocupante es que el año que termina ha demostrado que Panamá no es realmente gobernado desde el Palacio de las Garzas, sino desde la Asamblea.
Y eso que sus miembros solo trabajan cuando les da la gana, tienen cuatro meses al año de vacaciones -“receso”, en el lenguaje de la 5 de Mayo- y nadie los audita o revisa sus planillas. Los diputados deciden desde los nombramientos a determinados cargos y el salario aplicable, hasta la cuantía de los “auxilios” con los que el Estado debe beneficiar a su parentela (que en algunos casos operan más como su pandilla). Y como si fueran señores y dadores de vida, crean desde ministerios hasta corregimientos y distritos, regalan créditos fiscales y modifican las competencias del contralor, todo eso de un plumazo.
La opulencia de sus gamonales y el súbito cambio de vida de sus miembros más conspicuos le propina una interminable avalancha de bofetadas a una población que permanece impávida, como aquellos famélicos animales de la sabana africana en los videos de Discovery Channel, que observan impotentes cómo los grandes depredadores se banquetean con sus presas.
El Ejecutivo, mientras tanto, en 2022 se ha visto reducido al papel de repartidor de subsidios, becas y sementales. Es tan irrelevante, que si todo el Gabinete cae en un hueco y alguien le tira una capa de asfalto, nadie notaría que desaparecieron. Quizá no les ha sucedido eso porque no hay autoridad alguna tapando los huecos. Suerte para Santa que su trineo vuela.
El presupuesto del Legislativo es el mayor ejemplo de abuso de poder y de recursos del Estado. Este año debía funcionar con $143.9 millones, pero ahora se sabe que va a terminar en más de $226.7 millones (a esta cifra hay que agregar el mes de diciembre). Y eso que en julio pasado (cuando ya había gastado $200.9 millones de presupuesto), en pleno cierre de calles y protestas ciudadanas por los altos índices de corrupción y el costo de la vida, prometieron “congelar” la planilla y suspender los viajes al exterior, los viáticos, los aumentos salariales, los nombramientos permanentes y el suministro de boquitas. Cinco meses después del anuncio del presunto plan de contención, no solo no hubo ahorros sino que se fumigaron casi $26 millones adicionales.
Pronto escucharemos a los panameños, una vez más, deseándose lo mejor para el año venidero, pero piensen seriamente, ¿creen que viene algo mejor en un año preelectoral?

