Los prófugos han existido tanto tiempo como la propia civilización humana. Ese aire interesante y misterioso que a veces los rodea ha llevado a varios de ellos a escenarios tan insospechados como los de Hollywood, que ha inmortalizado historias como las de Bonnie and Clyde o la Frank Abagnale, Jr. (Atrápame si puedes), y muchas más. Generalmente, estos personajes se distinguen por ser tan hábiles, audaces y carismáticos, que el público termina empatizando con ellos, cautivado por una suerte de síndrome de Estocolmo colectivo. Otros, sin embargo, aunque son más conocidos por su torpeza, antipatía y limitadas habilidades, terminan viviendo una vida tan impresionante como la de sus homólogos más inteligentes y simpáticos. ¿Por qué? Bien podría ser que alguien necesite mantener a ese fugitivo tan libre y seguro como a sí mismo, porque posee evidencia de tantas fechorías, que si se divulgaran, pondrían a ese alguien (o a sus hijo o colaboradores cercanos) en prisión -por primera, segunda o tercera vez...- o daría al traste con sus aspiraciones político electorales.
Bueno, Adolfo Chichi De Obarrio es nuevamente trending, tras haber sido encontrado en Italia por Mauricio Valenzuela. Después de todo, en ese país europeo, Chichi ni siquiera tiene que permanecer oculto, ya que hace año y medio quedó muy claro que cualquier intento de entregarlo a Panamá sería imposible, dado que nuestra Asamblea Nacional nunca ratificó el tratado de extradición suscrito con Italia y, por tanto, no está en vigor. Eso de ninguna manera significa que De Obarrio ya no es requerido por la justicia panameña; de hecho, mañana debería comparecer en una audiencia por la compra irregular de mochilas con fondos del extinto Programa de Ayuda Nacional (PAN). Incluso, varios jueces lo han declarado “en rebeldía”, ya que nunca ha dado la cara en los procesos que se le siguen por la presunta vinculación a varios delitos (peculado, corrupción, fraude en contrataciones públicas, enriquecimiento injustificado…) desde que abandonó el país el 25 de diciembre de 2014, para -supuestamente- acompañar a su entonces esposa a una cita médica y a cumplir con “planes vacacionales”. Ocho años después, sigue de vacanze en Italia y ahora tan soltero como la primera vez que le cargó el maletín a Martinelli. Es más, ahora se sabe que es el feliz propietario de un conjunto de lingotes de oro, así que puede seguir dándose una gran vida, como el millonario en que se convirtió (o lo convirtieron).
Pero no todo lo que brilla es oro. Un nuevo orden, muy disfuncional, ha surgido en su entorno. Su hermana se pavonea con él en Italia, a pesar de que la mamá de ambos terminó detenida en relación con uno de los casos de Chichi. Ese sería un nuevo nivel de inferioridad. Aunque nadie quiera hacer alguna película sobre él, definitivamente sí tiene potencial sociológico como caso de estudio familiar.

