Alguien dijo que la historia se repite en espiral y quizá al desconocido autor de esa frase no le faltaba razón. Veamos.
2009. En enero, después de algún tiempo de ser adversarios e, incluso, denigrarse recíprocamente (uno de ellos llamó “burro” al otro), Juan Carlos Varela y Ricardo Martinelli unieron las páginas de sus historias personales, con algo de ayuda de la embajada de Estados Unidos, encabezada entonces por una mujer (Bárbara Stephenson). Ese año, ganaron las elecciones y 26 meses después de haber tomado posesión, separaron sus caminos y volvieron a ser contrarios. Sus peleas se extendieron durante la presidencia de Varela en 2014 y más allá, convirtiendo al periodo de Cortizo en su nueva arena de combate.
2023. Después de algún tiempo de ser adversarios e insultarse públicamente, Varela y Martinelli unieron las páginas de sus historias personales una vez más, también con algo de ayuda de la embajada de Estados Unidos, encabezada por una mujer (Mari Carmen Aponte). El primero de ellos en ingresar a la selección mayor de la corrupción significativa fue Martinelli, designado el 25 de enero. Medio año después, a paso de tortuga, fue el turno de Varela.
Las consecuencias de la designación de ambos se han transmitido a sus respectivos hijos, como miembros de sus familias inmediatas, en virtud de una misma norma, la Sección 7031 (c). Como si fuera un visionario en esa materia, aquel 20 de enero de 2009, en la famosa “reu” convocada por la entonces embajadora con motivo de la toma de posesión de Barack Obama, Martinelli abogaba por la devolución de la visa de ingreso a ese país a otro expresidente. “Hay que buscar la forma de que Pérez Balladares obtenga su visa, porque fue presidente”, dijo -como si ya supiera lo que le sucedería a él mismo 14 años después- y agregó que el gobierno (entonces presidido por Martín Torrijos) debía “ayudar”.
Ese podría ser otro evento en torno al cual el carrusel de la vida termine girando en círculos, porque, que sepamos, no han devuelto la visa del Toro ni parece haber nadie interesado en hacer elegible a Martinelli para un nuevo visado. Excepto quizá algún juez de Brooklyn.
Otra similitud: cuando concluyó su mandato, meses antes del inicio de las investigaciones de los sobornos de Odebrecht, Martinelli corrió a juramentarse como parlamentario centroamericano; Varela, siempre más lento, esperó hasta que se le indagara -años después- para finalmente también tratar de invocar la tristemente célebre prerrogativa relacionada con el Parlacen.
Las designaciones de ambos dejan tras de sí varias incógnitas que todavía no han sido resueltas. Por ejemplo, en lo relacionado a Varela, es aún incierto si sus hijos tienen alguna oportunidad de permanecer en Estados Unidos o si Jaime Lasso es bien recibido allá.
Indiscutiblemente, lo que resulta casi una broma pesada que nos juega la historia, es que después de que los estadounidenses tuvieran que venir a llevarse a Noriega para ayudar a restablecer la democracia en Panamá, la mitad de los presidentes posteriores a la invasión no puede pisar Estados Unidos. Aunque tal vez a uno de esos tres sí lo dejen entrar, pero no salir.

