El período electoral usualmente es terreno fértil para germinar propuestas y abonarlas con ignorancia. Con esto, no pretendo referirme a aquellas ideas y proyectos clientelistas o cuya intención meramente radica en abrir espacios para la corrupción, sino de aquellas propuestas que parecen nacer de buenas intenciones pero que adolecen de fundamento científico, planificación económica o discernimiento social.
Es común ver que personas que buscan obtener espacios en la administración de la cosa pública, ya sean políticos o consultores, tienen un portafolio de “grandes ideas” que aseguran, serán la solución definitiva para los problemas que frecuentemente afectan a los panameños: falta de empleo, sistema de salud deficiente, alto costo de la vida, corrupción, entre otros.
No obstante, y anticipando la posibilidad que gran parte de la responsabilidad de esto recaiga en la idiosincrasia de nuestro sistema electoral, pocas de esas “grandes ideas” provienen de un estudio exhaustivo del problema o de los factores que lo componen, ni de los resultados, inmediatos o posteriores, que puede tener la aplicación de la misma.
Y entonces, nos preguntamos: ¿Cómo es posible que aspirantes a ser administradores del Estado no se preocupen por estudiar el problema que aborrecen y el impacto de lo que proponen?
Esta situación podemos verla a los dos extremos de la balanza. Por un lado, aquellos tecnócratas, con ínfulas de estadistas, que pretenden brindar soluciones “innovadoras” a problemas que le son ajenos, puesto que no los viven ni los conocen. Que, con discursos elevados, quieren reinventar la rueda, sin escuchar a los afectados, pasando por alto sus necesidades, minimizando sus conocimientos y experiencias. Me refiero a los que pretenden que invertir millones de dólares en consultorías interminables, para que en los informes de resultados finales se concluya lo mismo que un recorrido por el barrio de los vecinos pudo haber develado.
Y por el otro, aquellos aspirantes que, prescinden de conocimiento básicos sobre las complejidades sociales y económicas, y están firmemente convencidos de la trivialidad de los problemas, y de la superficialidad de las soluciones. Estos últimos, encontrarían razonable acatar la petición de los fabricantes de velas de la que habló Frédéric Bastiat, favoreciendo el proteccionismo excesivo en contra de los intereses del consumidor, la intervención desmesurada del Estado, en aras de la “protección del individuo” y proponiendo soluciones cortoplacistas que flaco favor le harán a la vida de los ciudadanos.
Concluyo, como de costumbre, apelando a la reflexión del lector. Los meses que están por llegar estarán repletos de falacias, ilusiones y falsedades. No nos dejemos embelesar por propuestas vanas o sin fundamento. Debemos ejercer nuestro derecho a votar, con responsabilidad y compromiso, distinguiendo entre lo sublime y lo ridículo.
La autora es miembro de la Fundación Libertad
