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Buenas noticias para los amantes del café

Buenas noticias para los amantes del café
Investigaciones recientes sugieren que 2–3 tazas diarias de café con cafeína podrían asociarse con menor riesgo de deterioro cognitivo. Imagen elaborada por OpenAI.

Cada mañana, millones de personas comienzan el día con una taza de café o de té. Para muchos es un ritual; para otros, una necesidad funcional. Pero ¿podría ese hábito cotidiano estar asociado también con la salud de nuestro cerebro a largo plazo?

Un estudio recientemente publicado en JAMA (Zhang et al. 2026) aporta nueva evidencia sobre esta pregunta. Investigadores analizaron datos de 131,821 participantes de dos grandes cohortes estadounidenses —el Nurses’ Health Study y el Health Professionals Follow-up Study— con un seguimiento de hasta 43 años. Con los datos recabados de estas dos cohortes se realizó uno de los análisis más extensos hasta la fecha sobre consumo de café, té y riesgo de demencia.

Durante el período de seguimiento se documentaron más de 11,000 casos incidentes de demencia. El resultado fue claro: las personas que consumían mayores cantidades de café cafeinado y té presentaron un menor riesgo de desarrollar demencia en comparación con quienes consumían menos. El beneficio se observó particularmente con un consumo moderado, entre 2-3 tazas diarias de café o 1-2 tazas de té. El café descafeinado no mostró esta asociación protectora.

Además del riesgo de demencia, el estudio evaluó dos dimensiones adicionales: el declive cognitivo subjetivo (es decir, la percepción de pérdida de memoria o concentración) y el desempeño cognitivo objetivo medido mediante pruebas neuropsicológicas. En ambos casos, el patrón fue similar; el café cafeinado y el té se asociaron con mejores resultados, mientras que el café descafeinado no mostró beneficio e incluso se relacionó con un menor desempeño en algunos dominios de memoria verbal.

¿Qué podría explicar estos resultados? La hipótesis principal apunta a la cafeína como agente neuroprotector. Desde el punto de vista biológico, la cafeína actúa bloqueando los receptores de adenosina en el cerebro, lo que puede modular procesos inflamatorios y reducir la acumulación de beta-amiloide, una proteína implicada en la enfermedad de Alzheimer. Además, tanto el café como el té contienen polifenoles y otros compuestos bioactivos con propiedades antioxidantes y efectos potenciales sobre la función vascular y la sensibilidad a la insulina, factores relacionados con la salud cerebral.

Sin embargo, conviene interpretar estos hallazgos con prudencia. Aunque el estudio es prospectivo, de gran tamaño y con un seguimiento excepcionalmente largo, sigue siendo observacional. Eso significa que identifica asociaciones, no causalidad. Aun cuando los investigadores ajustaron los modelos estadísticos por múltiples variables, incluyendo la edad, el tabaquismo, la actividad física, el índice de masa corporal, las comorbilidades e incluso el riesgo genético para Alzheimer, siempre existe la posibilidad de factores no medidos que influyan en los resultados.

También hay limitaciones metodológicas relevantes. El consumo de café y té se evaluó mediante cuestionarios de frecuencia alimentaria, que dependen del autorreporte y pueden introducir imprecisiones. No se diferenciaron tipos específicos de té ni métodos de preparación del café, aspectos que modifican el contenido de cafeína y otros compuestos. Por último, la población estudiada estuvo compuesta principalmente por profesionales de la salud, lo que podría limitar la generalización a otras poblaciones.

Otro punto importante es la magnitud del efecto. Aunque estadísticamente significativo, el beneficio observado en las pruebas cognitivas fue modesto. No estamos ante un “escudo” absoluto contra la demencia. La protección, además, pareció más evidente en personas menores de 75 años y no aumentó con consumos superiores al rango moderado. Más café o té no es necesariamente mejor.

Entonces, ¿qué mensaje podemos extraer de este estudio?

Primero, que el consumo moderado de café cafeinado o té parece ser un comportamiento beneficioso desde el punto de vista cognitivo y podría asociarse con un menor riesgo de demencia a largo plazo. Segundo, que la cafeína podría tener un rol biológico relevante en la salud cerebral. Tercero, que la prevención de la demencia es multifactorial.

La enfermedad de Alzheimer es la causa más frecuente de demencia y se proyecta que su incidencia se duplique para 2050. Frente a ese escenario, cualquier estrategia de prevención temprana resulta atractiva. Pero el café o el té, por sí solos, no sustituyen los pilares fundamentales de la salud cerebral: el control de factores cardiovasculares, la actividad física regular, la estimulación cognitiva, el sueño adecuado y la conexión social.

La ciencia avanza precisamente refinando preguntas sobre hábitos cotidianos y evaluándolos con rigor a lo largo del tiempo. Este estudio aporta evidencia de que algo tan común como una taza de café puede formar parte de un estilo de vida compatible con la salud cognitiva.

Para quienes disfrutan su café o té matutino, los datos ofrecen una tranquilidad adicional. Tengamos siempre presente que las decisiones pequeñas, sostenidas durante décadas, pueden tener efectos acumulativos sobre nuestra salud.

La clave, como casi siempre en medicina, está en la coherencia de hábitos saludables a lo largo de la vida como estrategia de prevención.

La autora es neurocientífica, directora ejecutiva de CEVAXIN, e integrante de la Fundación Ciencia en Panamá.


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