Nayib Bukele está de moda. Sus políticas hacen eco en El Salvador y en buena parte de Latinoamérica. Pero el fenómeno Bukele hay que disecarlo un poco más en detalle, porque tiene dobleces que no parecen tan maravillosas como dicen sus admiradores.
La guerra civil de El Salvador, entre 1979 y 1992, ocasionó una gran migración de salvadoreños hacia Estados Unidos. Muchos de ellos se ubicaron en áreas urbanas marginales y allí se integraron o formaron sus propias pandillas para blindar su identidad. Durante las décadas de 1990 y 2000, Estados Unidos comenzó a deportar pandilleros salvadoreños, que regresan a una sociedad empobrecida por la guerra, con altos niveles de desigualdad, corrupción y gran cantidad de personas (tanto militares como miembros del Frente Farabundo Martí) que no se habían podido integrar a la vida civil y que, gracias a sus habilidades militares, encontraron en las maras una forma de vida. Así, el crimen organizado se infiltra en la sociedad centroamericana.
Las maras proliferaron en El Salvador haciendo imposible vivir una vida normal. Secuestros, asesinatos, tiroteos y narcotráfico fueron “normales” en la vida salvadoreña durante los últimos 10 años. Recuerdo en un viaje a El Salvador, al ir al aeropuerto a las 4:00 a.m., me recogieron dos señores que me llevarían a tomar el primer vuelo a Panamá. En el camino, nos detuvo un retén policial. Los policías hablaron con mis acompañantes un momento y pidieron documentación.
Mi sorpresa fue cuando mis dos guardaespaldas sacaron armas para verificar números y permisos. Ese día comprendí lo mal que tenía que estar la situación para que, en un viaje de la ciudad al aeropuerto, fuera necesario que me recogieran dos personas armadas.
El Salvador sufrió el deterioro de la clase política, al punto que la población buscaba “sacudirse el problema” como fuera. Y allí aparece Nayib Bukele. Un tipo joven, con inteligencia, habilidades de comunicación y los escrúpulos democráticos de una ameba. En la política, ha brincado de partido en partido, demostrando una “flexibilidad ideológica” muy particular.
Comenzó como parte del FLMN, fue alcalde de Nuevo Cuscatlán y de San Salvador. En 2017, lo expulsaron por violencia verbal y física contra una concejala de su partido y fundó el movimiento Nuevas Ideas, que en 2019 ganó la presidencia con 53% de los votos gracias a una alianza electorera. Desde la presidencia, implementa el manual populista para reducir la delincuencia, atraer inversión extranjera y repartir bonos y subsidios entre la población marginada. Esto le granjea una aceptación superior al 90% en su país y una imagen de superhéroe en Latinoamérica.
Desde los primeros meses de su gobierno, “el presidente millenial” se ha caracterizado por romper con la corrección política siendo lo más iconoclasta posible, al punto de proponer el Bitcoin como moneda de circulación regular. Se comunica por redes sociales, evita el contacto con la prensa tradicional y toma decisiones sin ningún contrapeso democrático.
Cómo olvidar su irrupción en la Asamblea General de Naciones Unidas, donde lo primero que hizo fue tomarse un selfie y dar un discurso criticando la organización. Obvio que fue noticia en todo el mundo por lo atípico de su intervención. Desde ese día, pienso que Bukele es un cantamañanas que sólo busca “ser noticia”. Si uno va a una boda y en medio de la ceremonia se quita la ropa y corre por el pasillo, la noticia no será el traje de la novia, sino el loco en pelotas. Bukele logró ser noticia.
La otra característica de este pintoresco personaje es su estilo autoritario, que lo ha llevado a desmantelar los controles democráticos. Metió al ejército en la Asamblea y modificó la Corte Suprema y el Órgano Judicial para llenarlo de gente que él controla, usándolos para saltarse la prohibición constitucional de reelección y seguir en el poder. Ha marginado a la prensa independiente y controla la información que circula oficialmente en el país, alimentando una peligrosa retórica confrontacional donde, quien lo cuestione, es mal salvadoreño.
Pero la estrella del “bukelismo” ha sido su guerra contra las maras. Después de una primera fase donde negoció con los mareros para bajar la tasa de homicidios, su política cambió y puso al ejército a luchar abiertamente contra ellos. Ha encarcelado a gran cantidad de gente sin procesos judiciales y ha empoderado al ejercito, llamándoles “enviados de Dios” para salvar al país.
Presume la construcción de una mega cárcel como uno de sus “grandes logros”. No importa que fuera construida por allegados al poder y sin que mediara licitación. Los videos donde los presos caminan en fila, con las cabezas rapadas, esposados y sin camisa, hasta sentarlos a todos hacinados en el suelo para amenazarlos, recuerdan las imágenes del nazismo cuando llevaban a la población judía, homosexual, gitana y comunista a campos de concentración, que posteriormente se convertirían en campos de exterminio.
Obviamente, a la población salvadoreña (especialmente a la clase media y alta), sacar las maras de las calles ha representado un alivio a una situación insostenible, aunque sólo sea morfina para una gangrena intestinal. El dolor desaparece y la causa sigue intacta. Las medidas de Bukele no han eliminado las razones por las cuales proliferaron y florecieron las maras.
Y su discurso envalentonado demuestra un olímpico desprecio por los derechos humanos más elementales. Amenazas de quitarle la comida a los presos para dejarlos morir de hambre y frases como que “si ellos no respetan los derechos humanos de la población, nosotros no respetaremos los de ellos”, son inaceptables como política de estado en pleno siglo XXI.
Y mientras, muchos latinoamericanos admiran al presidente de la gorra hacia atrás y añoran un gobernante con sus métodos. Cuando uno les dice que Bukele “es un dictador”, la respuesta suele ser: “Singapur es una dictadura y mira lo bien que están”. Esa respuesta trata de usar una excepción como justificación para defender lo indefendible. Los gobiernos que desbaratan las normas de convivencia democrática e ignoran los derechos humanos se suelen convertir en infiernos donde es imposible vivir. Y no dudo que, tarde o temprano, El Salvador pudiese terminar dirigiéndose hacia ese camino, gracias a la “Bukelemanía”. Ojalá me equivoque.
El autor es médico cardiólogo
