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Bustos y cabezas

La historia que vamos a contar, queridos lectores, refleja bien lo que vivimos con frecuencia en nuestro Panamá tropical, en donde, por arte de magia, aparecen y desaparecen dineros, objetos y, entre ellos, bustos y cabezas también.

En ocasión de la aceptación del Premio Noble de Liberatura, el gran Gabriel García Marquez, hablando de realismo mágico, contó una historia que parecería inverosímil, pero nosotros bien sabemos que por estos lados del mundo todo eso y más puede suceder.

Dijo Gabo que en una plaza de Tegucigalpa cabalga el elegante y muy francés Mariscal Ney en el lugar que correspondía al héroe Morazán y esto ocurrió debido a que la escultura tuvo que ser comprada en una bodega en París, ¡porque los encargados de la estatua del héroe habían dilapidado los recursos para su confección!

Pero si allá llueve, aquí no escampa. Quizá los lectores habrán escuchado de las continuas protestas que realiza un grupo de ciudadanos y organizaciones cívicas, en particular la Fundación Belisario Porras, denunciando el hecho de que, de la noche a la mañana y como por arte de magia, la icónica plaza Porras sufrió una “invasión”, no de extraterrestres, sino de bustos de personajes de otro país que poco tienen que ver con el carácter de dicha plaza emblemática de la capital.

De nada sirvieron las reuniones con autoridades, quejas, reclamos, cartas, entrevistas, publicaciones, tuits, etcéteras, que se enviaron, ya que una y otra vez negaron conocer el origen de semejante exabrupto urbano e histórico.

Mis pacientes lectores, la historia no termina aún, ya que este sancocho bochornoso se complica aún más al involucrarse, por caprichos del destino, nuestro gran poeta nacional Ricardo Miró, el mismo que escribió un hermoso epitafio para el doctor Porras, al pie de su escultura, en dicha plaza.

Resulta que el busto del poeta Miró se había colocado con todo y ceremonia en el parque Urracá, pero un día hubo que trasladarlo a los depósitos de la Alcaldía para repararse. Sin embargo, por razones aún desconocidas, allí quedó durmiendo el largo sueño burocrático hasta que hace poco, la nieta del poeta, quien buscaba por todos lados el busto del abuelo, lo encuentró por fin y lo ve esta vez, renovado y brillante, ocupando un espacio en los jardines de la plaza del doctor Porras, el gran amigo de su abuelo.

La alegría le duró poco al percatarse que debajo del pedestal había un nombre que no le correspondía y que más bien pertenecía al de un distinguido prócer peruano que, junto con otros más, formaba parte del grupo de honorables que había asentado su morada en dichos jardines y que fueron colocados con toda pompa por autoridades municipales, nacionales y extranjeras y hasta con la presencia de la canciller de su país de origen, quien había viajado especialmente para dicha ocasión.

La clave de este embrollo está en que ninguna de las autoridades involucradas se percató de que el prócer en cuestión yacía tristemente recluido en las bodegas municipales y que, gracias a ese desconocimiento, el cambio de figuras ocurrió sin mayor percance y nuestro gran poeta pudo ver una vez más la luz del sol.

Para terminar con esta increíble historia, una mañana muy temprano llegó apurado y silencioso, un grupo de trabajadores afanado en sacar al poeta de su nuevo pedestal. De eso dan fe los ojos y oídos de todo el vecindario, que animosos avisaron la buena nueva, que finalmente el poeta volvería a su pedestal, que los próceres encontrarían un nuevo hogar en Panamá y que “en la plaza Porras sólo quedaría el doctor Porras, como le corresponde”, dijeron.

Todos celebraban felices cuando se percataron de que no había motivo para tal dicha: los bustos visitantes allí quedaron, el patriota peruano Jose Faustino Sánchez Carrión ocupó su pedestal y la cabeza del poeta nuevamente desapareció.

A pesar de que en el país en el que vivimos pareciera que poco importa la memoria de los prohombres y los poetas, cabe preguntarse si llegará el día en que lograremos tenerlos en su verdadero sitial. Por ahora sabemos que recibiremos el silencio como respuesta

Moraleja de esta historia: estoy segura de que a pesar del espíritu de improvisación y del poco amor a nuestra historia que tanto permea nuestra realidad, llegará el día en que entendamos que nuestras vidas deben llenarse de un profundo respeto hacia todos aquellos que hicieron grande nuestro Panamá y que forman parte de nuestra identidad.

La autora es antropóloga


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