Los venezolanos, indefectiblemente, tendrán que seguir en las calles para exigir la vuelta a la democracia, aniquilada por el régimen chavista, hoy bajo la conducción de Nicolás Maduro, la marioneta de los Castro de Cuba, de los militares golpistas y de los civiles encantados con las mieles del poder. La experiencia indica que no es fácil convencer a un régimen, con sesgo totalitario, de que abandone el poder absoluto para dar paso a la democracia.
En nuestro país, Panamá, durante la dictadura de Noriega no valieron los intentos de los organismos internacionales, de los gobiernos vecinos ni de las personalidades del mundo externo, por un diálogo que diera como resultado la vuelta a la democracia. La inmensa mayoría del pueblo panameño, a través de la extinta Cruzada Civilista, tuvo que desafiar al tirano y a su ejército que, apoyado por civiles adictos al erario público, insistían en mantenerse en el poder, a pesar del descalabro social, político, moral y fiscal, ocasionado por un régimen corrupto, corruptor y represor.
Muchos connacionales tuvieron que sufrir tortura, exilios, persecución implacable, abuso de los militares al servicio del sátrapa, carcelazos y hasta la pérdida de sus vidas, para presionar la salida del dictador, pero, como todos sabemos, no resultó nada fácil desvanecer el aparato que usurpaba el poder, ya que, además del apoyo del ejército, los llamados “Batallones de la Dignidad” y los “Codepadis”, grupos paramilitares de civiles, en contubernio con el temible G-2, atentaban contra la libertad y derechos del pueblo, alzado en pañuelos blancos, con exigencias de justicia, democracia y libertad.
La presión popular, es cierto, logró sumar civilistas a la causa haciendo languidecer al régimen, pero jamás convencer a sus dirigentes de la conveniencia de abrir el compás democrático. Lamentablemente, tuvo que intervenir un ejército extranjero para que los militares y civiles aferrados al poder salieran huyendo y dejaran los cargos que ocupaban en acefalía, para que el gobierno que había sido legítimamente electo por el pueblo, el 7 de mayo de 1989, asumiera las riendas del país.
La situación en la sureña República de Venezuela es muy parecida. Hay un dictador que aniquila los vestigios de la democracia; un país destruido moral, social, política y económicamente, pero con colaboradores civiles y militares anclados al poder y que cometen toda clase de tropelías contra los derechos humanos. Para ellos no hay oídos que capten el anhelo nacional de libertad; para ellos no valen los esfuerzos de las personalidades y los organismos internacionales, que intentan un diálogo para el logro de un entendimiento que conduzca a un gobierno democrático. Maduro pretende someter al pueblo y convertir a Venezuela en la Cuba continental; una utopía incongruente con los avances que en todo sentido se manifiestan en el presente siglo.
Por ello, en nuestro concepto, no queda a los venezolanos demócratas y amantes de la libertad otra alternativa que irse a las calles para seguir exigiendo el respeto y la vigencia de todos los derechos y libertades que les son inherentes, que el gobierno encabezado por Maduro, hoy les niega.
Los excesos del gobernante han despertado la atención del mundo, un indicador positivo; los chavistas moderados toman distancia de los radicales, y la causa popular por elecciones libres asume proporciones considerables. Los síntomas de desgaste y desmoronamiento del actual gobierno venezolano son visibles, ante los ojos de propios y extraños, y ello, sin duda, hará posible que, más temprano que tarde, la democracia vuelva a la patria de Bolívar.
¡Venezolanos, no desmayen en su lucha por la libertad!