Los peores crímenes en contra del legado cultural ven sus inicios en el antiguo Egipto con la quema de las bibliotecas en los templos. Al pasar el tiempo este acto de barbarie se replicó con mayor magnitud en la Gran Biblioteca de Alejandría; se esperaba en aquel momento que las catástrofes de esa naturaleza no volvieran a ocurrir. Pero con la llegada del siglo XXI nos podemos dar cuenta de las cenizas en que se ha convertido la mayor parte de la Catedral de Notre-Dame, que alberga en su polvorín las memorias de la coronación de Napoleón, la beatificación de Juana de Arco, la eucaristía de 1944 que unió a los franceses para celebrar la liberación de la ciudad de los nazis, entre otros.
Panamá nunca ha sido víctima del destino de las brasas que han consumido la historia de otros países, pero tiene un fenómeno institucionalizado que se ha convertido en el cáncer de su cultura: “la falta de identidad nacional por parte de los gobernantes”. Este principio se refleja en la destrucción del histórico mural sinónimo de lucha y sacrificio que resguardaba el parque Omar Torrijos, las deplorables condiciones en que se encuentra el Museo Reina Torres de Araúz, el abandono de la capilla de La Palangana, la nula importancia que se le ha dado a la casa Wilcox, el daño que sufrirá el Parque Nacional Camino de Cruces si el ensanche de la vía Omar Torrijos se lleva a cabo, la tala descomunal de las riberas del Canal y el cambio de nombres a las vías históricas del país bajo el pretexto de “ordenamiento”, que trae más gastos que soluciones. Solo por mencionar algunos casos.
Poco a poco el país está perdiendo su historia, y sin darnos cuenta los pasos que dejaron nuestros próceres se desdibujan del ámbito nacional. Solo nos queda preguntarnos, ¿qué haremos si una mañana el Instituto Nacional se ha convertido en cenizas? ¿O la catedral? ¿Nos uniremos como país para reconstruir nuestra historia? ¿O seguiremos callados?
El autor es estudiante universitario