Llegó el día y, para satisfacción de sus correligionarios y la suya propia, Ricardo Lombana ha sido proclamado candidato a la presidencia de la República de Panamá para las elecciones del 5 de mayo de 2024. Su discurso, lleno de pausas dramáticas, dedos hacia arriba y brindis al sol contra la corrupción y el sistema clientelar, fue roto varias veces por los aplausos de los entusiasmados asistentes a la cita.
La verdad es que los demás no estamos para muchas emociones políticas y reclamamos certezas programáticas que dejen claro cuál va a ser ese “otro camino” que desde el nombre de su partido propone el candidato Lombana, que sonará muy potable, pero sigue sin concretar qué va a hacer para desmontar el sistema clientelista y con quién va a hacerlo.
¿El motivo de la instancia y el apuro por saber ya el programa, la hoja de ruta? Muy simple: cuando los partidos juegan a la estrategia de revelar qué piensan hacer un mes antes de las selecciones, terminan explicando mal el programa, callándose las alianzas, y ofreciendo al electorado la opción de votar a los menos malos, creyendo que, por ser “independientes”, eso es suficiente para ser dignos de confianza.
Pasada la fiesta del partido, hay que urgir por las líneas maestras, hay que apurarle con la ilusión que necesitamos ir viendo desde ahora. Los candidatos no están contando con el desgaste que ha sufrido la democracia y la poca confianza que generan los políticos. Y no me remitan a páginas web ni a entrevistas previas: póngase delante de los micrófonos semana tras semana y diga a la nación qué va a hacer, cómo se va a deshacer de toda esta corrupción clientelista en términos reales y cómo eso nos va a convertir en un mejor país. Porque escribirlo, candidato Lombana, no lo convierte en realidad: se hace verdad diciendo por dónde, con quién y cómo se va a hacer. Lo demás, es pura demagogia.
El autor es escritor
