Ante las elecciones nacionales que se celebrarán en el año 2019, los medios de comunicación y, sobre todo, algunos comentaristas y analistas políticos, asumen una posición muy positiva –patriótica, deberíamos decir– al señalar males que deben corregirse y los problemas que deben solucionarse desde una perspectiva política y democrática. Todos coinciden en una variedad de situaciones negativas que representan un reto para la confección de un menú de soluciones realistas para un pueblo que ya no se siente hijo de la patria boba en lo electoral.
El señalamiento de problemas es menos difícil que el de supuestas soluciones para resolverlos. Como respuesta casi mágica y sin explicaciones claras, se menciona la necesidad de una nueva Constitución Nacional o reformas a la misma, sin otras explicaciones que la de equilibrar la distribución efectiva de los tres poderes de gobierno. Una medida, en principio, necesaria. Pero, hay que preguntarse qué otras propuestas pensadas se nutren de las orientaciones ideológicas de nuestros políticos.
La corrupción es el plato fuerte del menú político en la mayoría de los países y en el nuestro, y la correcta atención del problema se ha convertido en una exigencia popular. Pero, el manejo del tema en nuestro país es percibido como incorrecto en muchos aspectos, en deterioro de la imagen del gobierno.
Estos dos campos de la realidad política nuestra, junto con otros importantes relacionados con problemas que suelen denunciarse, nos deben llevar a enmarcarlos y proyectarlos en el vital campo político siempre obviado: “el bien común”. Esta apreciación deriva de los clásicos griegos precristianos, especialmente Platón y Aristóteles (hace 2400 años).
Más cerca de nosotros, Simón Bolívar dijo que el bien común “son derechos del hombre; la libertad, la seguridad, la prosperidad y la igualdad. La felicidad general, que es el objeto de la sociedad, consiste en el perfecto goce de estos derechos”, y “el sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”.
Igualmente, como cultivadores del pensamiento filosófico griego, es la doctrina social de la Iglesia católica la que nos ofrece explicaciones de gran riqueza conceptual sobre el tema. Por ejemplo, el papa Juan XXIII nos brinda esta definición: “El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social, con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección”. Este pensamiento no es de la religión, que tanto molesta a los laicistas radicales (que no suelen aportar nada valioso). Sus pocas palabras lo dicen todo: hombre, familia y asociaciones (sociedad civil), plenitud, felicidad y perfección. Palabras, todas, que definen nuestra cultura tradicional, democrática, que el progresismo trata de destruir. Su defensa y fortalecimiento es el único camino para una verdadera democracia. El candidato que no se compromete con estos valores, no merece el voto.
El autor es docente universitario