Después de tantos lustros de vivir los ambientes previos a las elecciones, en estos momentos las promesas de campaña electoral las suelo comparar con las propuestas de aquel novio mentiroso que jura amor para siempre a su prometida y el día de la boda en el cual se sella su compromiso de amor “por siempre”, pues resulta que la novia se queda sola esperando en el altar. Y es eso precisamente en lo que se han convertido las llamadas “ofertas electorales” ante la población votante: promesas ante novias que esperan.
Cuando escucho los planes y proyectos de la mayoría de los actuales candidatos me asalta una desconfianza que ya la tengo impregnada en mi ADN político. Resulta que ahora todos tienen el remedio para abaratar los costos de los medicamentos, sin embargo, algunos de estos candidatos fueron funcionarios de gobierno y jamás se les escuchó una protesta sobre este asunto tan agobiante para todos los panameños. Ahora a los candidatos se les ve en eventos donde antes ni se aparecían (ferias, procesiones de santos, etc.). De la noche a la mañana todos muestran sus dientes blanquísimos en vallas publicitarias que resultan ahora las nuevas estrategias de campaña y nos muestran sus eslóganes publicitarios. Todo mal que aqueja a nuestra sociedad ya encontró su medicina si le das el voto a tal o cual candidato.
Después de tantas décadas de importaciones de productos agrícolas que han mermado la seguridad del producto local, ahora resulta que ya se encontró la respuesta para que el productor nacional esté contento y satisfecho. ¿Por qué al candidato del continuismo jamás le llamó la atención el abandono que el actual gobierno hizo del sector agrario?
Todavía están frescas en nuestras memorias aquellas cuñas que a diario nos trataban de convencer como niño de primaria haciendo planas de que el “cambio viene”, “el pueblo al poder”, “sí se puede”, “ahora le toca al pueblo”, etc. y al final de sus mandatos nos quedamos esperando estas promesas tan idílicas y nos convencimos otra vez de que fuimos víctimas de propaganda engañosa o como bien decíamos en nuestras épocas de mocedades, “puro tilín tilín y nada de paleta”.
Todavía y faltando escasas semanas para culminar el actual mandato del ingeniero Juan Carlos Varela, muchos panameños humildes están esperando que sus letrinas se transformen en servicios higiénicos y que en sus bolsillos aparezca el esperado ahorro de $58 como producto del abaratamiento de los costos de la canasta básica. Al contrario de lo que propuso, los alimentos se han encarecido de una forma tan alarmante que no existe ningún control que lo impida. Ahora los panameños compramos con más dinero para recibir mucho menos.
Hay un candidato presidencial que nos dice en su propuesta de campaña que “lo bueno vuelve”. ¿A qué se referirá cuando dice bueno? Será la época en que había obras por doquier y ahora solo hay edificios abandonados? ¿Será el periodo de los aberrantes sobrecostos en las compras que hacía el Estado y en las que varios quedaron millonarios mientras el país quedaba endeudado hasta la coronilla? Y todavía existen personas repitiendo la frase de “robó, pero hizo”, cuya ignorancia es tan patológica que el título de homo sapiens les queda muy grande. Algo bastante bueno tiene que haber en el hecho de ganarse la silla presidencial cuando muchos hacen lo posible por llegar a adjudicársela prometiendo lo que no podrán cumplir.
Yo comparo las promesas de campaña electoral con el canto de las sirenas de la cual nos relata el poeta Homero en su famoso libro La Odisea. El canto de las sirenas tenía el efecto de hacer sucumbir y perecer a todo marinero que lo escuchase. La única forma de no caer en su mortal encanto era sencillamente taparse los oídos con cera. Nos tocará nuevamente a los electores imitar este segmento del relato, usando orejeras y sobre todo no perder la cordura ante lo que se avecina.
El autor es sociólogo y docente
