Tuvimos un siglo XIX colombiano muy complejo, colmado de artimañas, conspiraciones y argucias que llevaron a ese país a un sinnúmero de enfrentamientos castrenses, golpes de Estado, revoluciones y guerras civiles. En ellos sobresalieron líderes provenientes, la mayoría, de una casta militar acostumbrada a la pugna y la refriega; y el Istmo, pequeño y sometido a la Patria grande, se sumergió en esa oscilación militarista, heredando los panameños la sangre y la muerte de los colombianos. Acontece en 1839 la Revolución de los Supremos ante la abolición de algunos conventos por parte de José Ignacio de Márquez; el golpe de Estado en 1854 de José María Melo en contra de la Constitución y el Congreso, a favor del ejército, y el levantamiento militar en su contra dirigido por Tomás Herrera, conflagración que segó la vida del istmeño en diciembre de aquel año; la guerra civil de 1860 entre federalistas liderados por Tomás Cipriano de Mosquera contra el gobierno conservador de Mariano Ospina; la derogación de la Constitución de Rionegro y restitución del centralismo en 1886 a cargo de Rafael Núñez; y la Guerra de los Mil Días desde 1899 hasta 1902 entre liberales y conservadores.
“Quien quiera conocer a Panamá, corra, porque se acaba”, diría Rufino Cuervo en 1840. Desde 1826, Pedro Gual, uno de los pioneros de la política exterior de la Gran Colombia y luego Venezuela, además de organizador y participante en el Congreso Anfictiónico de Panamá de aquel año, comunicaba a Francisco de Paula Santander el estado deplorable de las aduanas del Istmo, tanto así que no podían prestar servicio alguno. Tomás Herrera informaba el 24 de abril de 1846 a Tomás Cipriano de Mosquera sobre la presencia de bandas de forajidos en las montañas de Macaracas que, además, hacían de refugio para criminales, por lo que era necesario reforzar a la autoridad. El 20 de septiembre de 1867, Mateo Iturralde publicó un artículo que describe el estado de miseria y desaliño en que se encuentra el arrabal santanero. Florencio Carlos Herbruger denuncia el 13 de mayo de 1869 “el estado de inmundicia en que se encuentran los arrabales de la ciudad; ‘Los espectáculos denigrantes que ofrecen ciertos sitios en donde se acumula la basura putrefacta sin que nadie se ocupe de ella, son fuente de las constantes epidemias que amenazan la ciudad’”. Años más tarde, el propio Herbruger revela el 16 de julio de 1878 ante las autoridades que hombres y menores de edad desechaban barriles llenos de basura y bazofias en las playas por afuera de la muralla frente a la iglesia de San José. Y, a su vez, el escritor colombiano y gobernador de Panamá a mediados del siglo XIX, Salvador Camacho Roldán, diría:
“El estado de incuria en que yacía esa población puede juzgarse por el hecho de que no tenía ni tiene aún (1887) agua potable, con excepción de la de lluvia, recogida en unas pocas cisternas, y de las fuentes distantes de la ciudad, escasas y mal conservadas; carece de cloacas y desagües, cuyo oficio es reemplazado por una marea que se levanta ordinariamente a veintidós pies de altura, la cual, al retirarse, deja descubierta, en una extensión de tres millas, una playa infecta, llena de despojos de animales y vegetales de la cual se levantaban, después de las horas de sol, emanaciones fétidas, a veces insoportables. En 1852, cuando por primera vez la conocí, no tenía una escuela pública ni establecimiento alguno de educación, solo existía un pequeño hospital sostenido por las contribuciones voluntarias de los extranjeros, carecía totalmente de árboles de sombra, de jardines y paseos, y de alumbrado público durante la noche; el antiguo enlosado de las calles estaba casi destruido, lleno de hojas y fangales en invierno, y, por último, no tenía policía alguna organizada…”.
En el medio de toda esa convulsión épica, el Istmo se debatía entre la continuidad y la emancipación. Aprovechando la confrontación colombiana, Panamá no perdía el tiempo para revelar su intención separatista, sobre todo cuando la violencia asomaba en las cercanías del Istmo. Los movimientos de independencia liderados por José Domingo Espinar en 1830, Juan Eligio Alzuru en 1831, Tomás Herrera en 1840, en adición del Estado Soberano de Justo Arosemena en 1855 y la rúbrica del Convenio de Colón en 1861 por Santiago de la Guardia se justifican y complementan con la agitación política que caracterizó al siglo XIX colombiano. La frustración permanente creada por la confrontación neogranadina, extendida al propio Istmo, fortaleció el espíritu independentista de la población, manifestado en estas efímeras separaciones y el alejamiento federalista ante la anarquía, el desgobierno y el caos institucional colombiano, lo que radicalizó el germen separatista del pueblo panameño. Insólito e inusitado hubiese sido lo contrario.
Es en ese contexto cuando la altura del prestigio decimonónico reflejado en los istmeños más destacados alcanzó sus huellas indelebles de dignidad y patriotismo. Porque, dentro del contexto de una frustración generalizada frente a la corrupción y la impunidad rampante, el legado del siglo XIX debe emerger como un hado luminoso que emita fulgores de esperanza, confianza y optimismo, que nos motive a tener una vida honesta, decorosa y digna que debemos practicar con deber ciudadano y sentimiento patriótico.


