Emmanuel Macron, presidente de Francia, y autoridades de ese país, hicieron un minuto de silencio frente a las instalaciones de la revista Charlie Hebdo a inicios del pasado enero en París. Conmemoraban así los diez años de los atentados yihadistas contra el personal de dicha publicación donde hubo una docena de muertes. La revista lanzó una edición conmemorativa de los hechos titulada “Inquebrantable”, ahí compartió los resultados de una encuesta realizada a mediados del 2024 en la cual muestra que el 76% de los franceses habla de la libertad de expresión como “un derecho fundamental y que la libertad de caricaturizar forma parte de ello”, a la vez, un 62% se muestra favorable al “derecho a criticar de manera provocadora una creencia, un símbolo o un dogma religioso”.
Radio Francia Internacional realizó un programa especial que puede escucharse en los podcast de su sitio web, ahí el periodista Carlos Herranz se pregunta si desde estos hechos “esas luchas para obtener libertades, esas conquistas para tener el derecho a blasfemar, a reírnos de las religiones” se han consolidado o se han echado hacia atrás.
Aunque en Panamá no es común que se den este tipo de situaciones, ya que el tema religioso no suele ser objeto de sátira en las publicaciones, es valioso analizar lo ocurrido, pues puede servir para comprender qué ha impedido el surgimiento de estos problemas y cómo cultivarlo activamente como una forma de evitarlos desde sus raíces. En este sentido, intentaré a continuación determinar qué elementos entran en conflicto dentro de los hechos narrados y, a partir de ello, buscar una clave que permita soluciones de fondo. Como lo indica el título de este artículo, hay un conflicto de valores que se materializa en las caricaturas publicadas en una revista francesa, las cuales resultan ofensivas para determinados grupos sociales con una identidad religiosa definida. Así, tenemos dos valores en pugna: por un lado, la libertad de expresión, que es el derecho de expresar la propia opinión sin restricciones, siempre dentro de los límites de la legalidad; por el otro, los derechos de las colectividades, especialmente si son minoritarias en un país, que desde la perspectiva del reconocimiento merecen ser tratadas con respeto en cuanto a sus modos, costumbres y simbología religiosa y espiritual.¿Cómo lograr una interacción pacífica entre ambos valores? Si bien desde la visión legal se ofrecen criterios para juzgar cuál es la frontera entre ellos, Adela Cortina afirma que con ser imprescindible, el derecho no basta. En un texto titulado La patología del odio, publicado en El País de España en el 2017, la filósofa valenciana señala que la solución camina por la vía ética, ya que poco o nada se logra poniéndose a medir hasta dónde puedo ofender al otro sin tener una sanción legal, sino que lo importante es el autoconvencimiento de la igual dignidad entre las personas. Si esta convicción es auténtica y bien fundamentada, el reconocimiento del otro no es una simple idea, sino un motivo fuerza que impide la tentación de dañarlo u ofenderlo con palabras o caricaturas.
De esta manera, es el respeto a la igual dignidad de todas las personas, la clave de formación ética que auxilia el posible choque entre la libertad de expresión y los derechos de los colectivos. De la capacidad educativa que tenga una nación en el manejo y fomento de la dignidad compartida, depende la prevención de conflictos sociales indeseables y el mejor logro de la libertad humana a todo nivel.
El autor es docente universitario.
