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Carnavales: motor económico

Carnavales: motor económico
El desfile inaugural del carnaval en la noche del viernes 13 de febrero en las Tablas. Vista de la carroza de la reina de Calle Arriba. LP/Alexander Arosemena

Cada año, cuando el país se cubre de música, lentejuelas y comparsas, no solo celebramos una tradición: activamos uno de los motores económicos más dinámicos de Panamá. El Carnaval no es únicamente fiesta; es empleo, consumo, movilidad interna, ocupación hotelera, logística, producción cultural y circulación de capital en múltiples escalas.

En ciudades como Las Tablas, Chitré o Penonomé, el Carnaval representa su temporada alta. Durante esos días, la ocupación hotelera alcanza niveles máximos; se incrementa la demanda de transporte, restaurantes, alquiler de sillas y tarimas, confección de vestuarios, servicios de sonido, seguridad privada y ventas informales. Detrás de cada carro alegórico hay costureras, diseñadores, soldadores, electricistas y artistas que trabajan durante meses. La economía creativa encuentra allí una plataforma real de ingresos.

El impacto no es menor en la capital. En Ciudad de Panamá, la organización de eventos paralelos, conciertos y actividades turísticas dinamiza el comercio formal y fortalece sectores como el gastronómico y el hotelero. Para muchos emprendedores, esos cuatro días pueden significar una parte sustancial de sus ingresos anuales.

Pero el fenómeno económico del Carnaval no se limita a donde suena la murga. También impacta a quienes deciden no participar y buscan refugio en otros destinos. Las llamadas “migraciones internas de temporada” generan una redistribución interesante del consumo.

Un ejemplo claro son las Tierras Altas, que incluyen destinos como Boquete y Volcán. Mientras en la península de Azuero el bullicio marca el ritmo, en las montañas chiricanas muchos buscan silencio, clima fresco y descanso. Ese flujo también es economía: casas de alquiler ocupadas, cabañas reservadas con semanas de anticipación, restaurantes rurales llenos, supermercados abasteciendo a visitantes temporales, guías turísticos ofreciendo caminatas y productores locales vendiendo fresas, hortalizas y café.

Es decir, incluso la “huida” del Carnaval es parte de su cadena de valor. Lo que para algunos es ruido, para otros es oportunidad. Lo que para unos es fiesta, para otros es turismo de retiro temporal. En ambos casos, el dinero circula.

Desde una perspectiva macroeconómica, estas festividades fortalecen el mercado interno. En economías pequeñas y abiertas como la nuestra, donde dependemos en gran medida de servicios logísticos y financieros, el dinamismo del consumo interno resulta fundamental para sostener micro y pequeñas empresas. El Carnaval estimula ese consumo sin necesidad de grandes inversiones estatales adicionales: se apalanca en tradición, identidad cultural y organización comunitaria.

Además, genera un efecto multiplicador. El ingreso que obtiene un hotel en Las Tablas no se queda allí: paga salarios, compra insumos, contrata servicios. El productor de Tierras Altas que vende más durante esos días reinvierte en su finca, contrata mano de obra y fortalece su cadena productiva. La circulación de capital no es lineal; es expansiva.

Por supuesto, el reto está en la planificación y la sostenibilidad. Para maximizar el impacto positivo, se requieren estrategias de seguridad, limpieza, ordenamiento comercial y promoción turística que conviertan la fiesta en un activo de país, no en un costo social. Bien gestionado, el Carnaval puede consolidarse como un producto turístico estructurado, con estándares y proyección internacional.

No todos disfrutamos de las comparsas ni del agua lanzada al mediodía. Algunos preferimos la neblina de la montaña al estruendo de la murga. Sin embargo, más allá de gustos personales, el Carnaval demuestra algo esencial: la cultura también produce riqueza. Y en esos días en que Panamá se divide entre quienes celebran y quienes escapan, la economía, silenciosamente, gana en ambos frentes.

La autora es abogada.


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