Todo el mundo en la calle brincando y bailando, y el país en el aire, con decisiones sin comunicar, mientras todos en bonche se aturden de guaro y campana, en la capital o el interior, para después llorar el Miércoles de Ceniza cuando la yuca, tubérculo vernáculo y lacerante, se introduzca por allí, por la terminación de las palabras antes escritas, para dolor de todos, pero con distintos grados de tolerancia, según nos convenga.
Visto el peligro de protestar, quizás haya llegado el momento de movilizarnos a la inversa: en vez de explotar en las calles, implosionemos en nuestras casas, no salgamos a parrandear o a desfilar, que la calle ausente de panameños sea un grito que haga valer el peso que tiene la ciudadanía ante las cosas que nos suceden. Y sé que es pedirle mangos al papayo, pero tengo fe en que, un día de estos, la sociedad se despertará de su letargo de décadas.
Quizás, hoy no es el mejor día para plantearse dejar a un lado la fiesta, la ilusión de ser el ombligo del mundo para poder cambiar nuestra circunstancia, pero ¿por qué no?, total, se diga el día que se diga, la mayoría opta por seguir como estamos, a pesar de que parece que todo ha cambiado. ¡El rey está desnudo!, seguimos gritando, pero nos hacemos los pendejos, y nos hacemos los que no nos damos cuenta de que al gobierno se le ve hasta el apellido.
Vamos a ver qué nos trae el «carnavalito», más allá de las sempiternas escuelas sin terminar y la deficiencia de nuestro sistema educativo, que lleva años de retraso y décadas obsoleto, pero nada, «¡Qué rico ser latino», y más panameño, ya saldremos de esta, dicen, pero seguimos con el mismo perro pero con collar distinto. ¿Cuántos collares llevamos? El perro se llama «Corrupto», y menea la cola a todos cuando es Carnaval y también cuando no.
El autor es escritor.

